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REQUIEM POR...

Antonio Pardo Larrosa
Escritor


(Nº 24, ENERO, 2013)


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DISCOGRAFÍA

REF.: MEL1001744
EAN 13: 4600317117444

Confutatis maledictis, flammis acribus addictis… Una y otra vez suenan en mi cabeza las terribles palabras que el divino Wolfgang Amadeus Mozart pronunció en su lecho de muerte. De su puño y letra surgió la terrible y última idea que de un modo obstinado dio forma a los miedos y fantasmas que su atormentada mente dibujó, temblorosa, a la tenue luz de unas cuantas velas. Cuando los condenados, los malditos, hayan sido detenidos y arrojados a las ardientes llamas...". Un desgarrador y conmovedor movimiento que conduce irremediablemente a las llamas del infortunio. Quizás el Confutatisconfundíos los malditos- sea el movimiento por excelencia del inmortal Réquiem en re menor, k 626, del joven Mozart. Influenciado por el no menos genial Réquiem MH 155, compuesto para la muerte del Arzobispo de Salzburgo, S. C. Schrattenbach, de su buen amigo Michael Haydn, la obra mozartiana deambula con paso firme por su particular imaginario cuya naturaleza sobrenatural ha traspasado las fronteras del tiempo, sobrepasando con creces el entendimiento racional y sensitivo del ser humano.
         Hasta la fecha el que esto escribe pensaba que el Confutatis de Wolfgang Amadeus Mozart era el único movimiento compuesto para una misa de difuntos capaz de estremecer mi joven e ingenua alma… ¡Me he vuelto a equivocar!, o al menos eso pensaba yo. No hace mucho tiempo encontré un Réquiem, in-contrado, si se me permite la expresión, que despertó, una vez más, mi insana curiosidad. El frontispicio reza de la siguiente manera: “Misa de réquiem para solistas, coro y orquesta”, pero, ¿quien la compuso?... Quien fue el autor de esta desconocida obra cuya naturaleza escapaba a mi conocimiento, y lo más importante, ¿donde ha estado oculta todo este tiempo?  Ahora viene lo interesante, ya veréis… Fue compuesta por un músico llamado Osip Kozlovsky… lo conocéis, yo no, palabra.
        Osip Kozlovsky (1757-1831) fue un compositor polaco de origen ruso que pasó la mayor parte de su vida en la tierra de los zares. Trabajó en la corte de la Zarina Catalina la Grande donde despertó el interés de la clase privilegiada rusa. Cultivó de forma paralela a la música el teatro y la docencia siendo la composición y la dirección de orquesta las facetas donde destacó de un modo excepcional. Kozlovsky tiene el honor de ser el primer músico ruso que escribió un Réquiem. Este, está escrito para los funerales del Rey polaco Estanislao Augusto Poniatowski, quien encargo personalmente la obra al compositor poco antes de su propia muerte. La obra, Misa de Réquiem en mi bemol menor, Missa pro defunctis, para solistas –cuatro voces, soprano, mezzo-soprano, tenor y bajo- coro y orquesta, es el trabajo más personal e importante de nuestro compositor. La influencia vienesa está presente a lo largo de toda la obra de un modo muy significativo, sobre todo en su primer movimiento, el “Kyrie,donde la orquesta inicia la primera y obligada plegaria. Es en las cuerdas y en el desarrollo coral – sobre todo en sus primeros y acertados compases- donde la influencia mozartiana se hace más evidente. Es el comienzo perfecto, intenso, emotivo…
        El marco ideal para que la humilde súplica del compositor se eleve más allá de lo conocido. Esta volverá a estar presente en el comienzo del arrebatador “Domine Jesu Christe”, donde Kozlovsky concede todo el protagonismo al coro y a la orquesta, que conduce al oyente a un delicioso dialogo producido por los clarinetes y la voz solista. Una vez más, la herencia mozartiana planea sobre los meticulosos trazos del genial compositor polaco. Uno tras otro, de un modo solemne, se van sucediendo los movimientos, Dies Irae, Tuba Mirum, Judex Ergo, hasta llegar al maravilloso y profundo Confutatis maledictis... otra vez, esas terribles llamas del infortunio, ese fuego eterno que nos consume sin cesar, “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis…”. Kozlovsky completa el movimiento perfecto, de lo terrenal a lo divino, de lo concreto a lo abstracto. La orquesta dibuja una sentida melodía que expresa el sentimiento trágico de lo vivido. Se produce un desgarrador dialogo entre la voz solista –el difunto- y el coro –esas llamas que nos consumen- que muestra el terrible juicio al que es sometido el hombre. El compositor sale airoso del envite ofreciendo-nos una melodía para la historia. Su Confutatis Maledictis está a la altura de las circunstancias igualando en calidad a los compuestos por alguno de los músicos más importantes –Mozart, Verdi, etc.- de la historia de la música, siendo este el momento álgido –clímax- de una obra excepcional.
        El Réquiem de Osip Kozlovsky esta embebido de un sutil halo de solemnidad propiciado, pienso, por la naturaleza cuasi-divina del monarca Estanislao Augusto Poniatowski, un mecenas amante de la buena música. Es importante reseñar la utilización que el compositor hace de su Marcha fúnebre, compuesta para dar ese aire de solemnidad que las grandes ocasiones –unos funerales Reales- precisan. La obra se completa con el Benedictus, Agnus Dei, Quía piu es, Lacrimosa y Salve Regina.
        La edición discográfica de este maravilloso réquiem está interpretada por un extraordinario elenco de músicos rusos - Galina Simkina, la soprano; Lidiya Tchernykh, la soprano; Valentina Pa niña, la mezzo-soprano; Konstantin Lisovsky, el tenor; Vladimir Motorin, el bajo, y la Orquesta sinfónica del Estado del ministerio del cultura de la URSS dirigida por Vladimir Yesipov-, que captan, acertadamente, la esencia del sentir ruso que el compositor impregno en cada uno de sus pentagramas. Estamos ante una obra de madurez que hará las delicias de todos los aficionados a la música clásica en general y Sacra en particular.

        Señoras y Señores: “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis…”


Esta idea puede estar vinculada a la naturaleza masona del propio Wolfgang Amadeus Mozart. Se sabe que el compositor masón frecuento los ritos de dos importantes logias de la época, la Zur Wohltätigkeit, yla Zur wahren Eintracht.

 


Escrito por Antonio Pardo Larrosa
Desde España
Fecha de publicación: enero de 2013
Artículo que vió la luz en la revista nº 24 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505



 

 

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