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Arqueología de lo jondo de Antonio Manuel

Guillermo Castro



(Nº 41, Verano, 2021)



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RESEÑAS

 

Flamenco. Arqueología de lo jondo.
Antonio Manuel
Almuzara
2018
176 pp.

Este libro nace de la adaptación literaria de una conferencia impartida en la Clausura de la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Córdoba el 18 de abril de 2017, como reza en su página final (p. 159), donde figura un agradecimiento «por traducir al árabe la prueba de mis intuiciones». Pero vayamos al principio.

En el capítulo inicial “El venero” admite el autor que la clave del origen de flamenco está en su música: «en la radiografía de los sonidos se encuentran muchas de las claves sobre los orígenes de lo flamenco», agradeciendo a la flamencología los avances en materia de musicología, algo que manifiesta no va a cuestionar (aunque después lo hará), para centrarse en el origen del nombre; el porqué del nombre flamenco, verdadero detonante de su libro.

Lo primero que hace Antonio Manuel es vincular el género flamenco a la cultura en supervivencia de un pueblo, el andaluz, para, seguidamente, asociar los motes de los artistas flamencos a una costumbre andalusí que denomina “llamarse a la flamenca”, mote que acompañará como signo identificativo a los artistas, de forma similar a como los palos tienen su propio nombre, el cual identifica sus músicas. Por ello, según Antonio Manuel, el estudio de los nombres de los palos flamencos nos llevará a su origen (p. 18). Señala que encontraremos nombres de origen andalusí, morisco, sefardí, gitano, americano y negro, que se funden como afluentes hacia el río del Flamenco.

Afirma que las palabras árabes andalusíes han estado durmiendo en la historia hasta que han aparecido en el flamenco para bautizar los estilos (p. 30), y entra de lleno en el asunto más importante del libro: el origen, significado y uso de la palabra flamenco. Antonio Manuel retoma una de las teorías de su admirado Blas Infante, político andalucista que proyectó en el flamenco unas de las bases culturales principales para su proyecto político de un estado andaluz, la teoría del «Falah mankub» como base del origen del término. Dice el autor que, hasta ahora, dentro de la flamencología, la tesis válida sobre el origen del nombre “flamenco” es la filiación con Flandes (pp. 35 y 40), desconociendo que hace más de cincuenta años que esta teoría no es aceptada como válida.

Entre otros, el profesor Manuel García Matos la considera ya superada en 1958 en su Bosquejo Histórico del Cante Flamenco. Esta equívoca asociación con Flandes tuvo como detonante el libro de George Borrow The Zincali (libro que escribió el autor entre los años 1836 y 1849, cuando estuvo en España). Por entonces se comenzaba a asociar el término flamenco con gitano, asociación que no ocurre antes del siglo XIX, cuando la palabra flamenco estaba ya en uso con un significado polisémico. Por un lado, como un tipo de cuchillo en el siglo XVIII, el “cuchillo flamenco”, como explicó Luis Suárez Ávila (Flamenco: motivación metonímica y evolución cultural del nombre de los gitanos y de su cante,2018). Por otro, como adjetivo de arrogante, como localizó Faustino Núñez en el teatro tonadillesco de finales del XVIII en Madrid (Guía comentada de música y bailes preflamencos (1750-1808), 2008). En el siglo XVII se usa para referirse a los indígenas de las Indias occidentales (investigación de Benardo Sáez). Pero es que podemos remontarnos al siglo XIII, en la obra El roman de Flamenca (escrito entre 1240-1270) en la que la protagonista, que se llama “Flamenca”, es referida como una mujer ardiente, luminosa.

La palabra “flamenco” tuvo múltiples y diferentes significados, aparte también del ave y la referencia a Flandes. Lo que hay que explicar es por qué en un determinado momento se utiliza para referirse a ciertos músicos: “Coro de vírgenes gitanas flamencas” en 1841, en Triana (Bohórquez, 2018); “Cantante Flamenco” en 1847, en Madrid (Faustino Núñez y Alberto Rodríguez, 2009); “Música flamenca” (Arie Sneeuw, 1989), de nuevo en Madrid en 1853. Esa es realmente la clave del asunto. La música, el cante y el baile, fuera lo que fuera, y sonara como sonara, no cambió en el momento del bautizo. La palabra estaba en uso en el ambiente y la jerga de los personajes “flamencos”, “los de la afición”, como sinónimo de chulo, arrogante, altanero, y de ahí pasó a las músicas que estos artistas bohemios venían cultivando bajo el nombre de “género andaluz”, mutando posteriormente por “flamenco”. Lo explicó muy bien Steingress, en su impagable Sociología del cante flamenco (1993).

Antonio Manuel desarrolla por medio de la intuición una teoría sin ningún aporte documental válido, ni de cómo se pudo transmitir esa palabra de supuesto origen árabe, que debiera estar en uso antes del fin de la toma de Granada, ni de cómo por arte de magia aparece vinculada a unos músicos a mediados del XIX, casi cuatro siglos después, incluyendo la sonoridad flamenca, claro.

Sus intuiciones lingüísticas las extiende a todos los estilos y a otros términos flamencos, concluyendo con un glosario en el que atribuye filiación araboandalusí a la mayoría: 39; mitad árabe + otros idiomas: 11; palabras “conversas al romance andaluz”: 7; prisioneras: 5 y calés + negras + americanas: 6.

No realiza ningún estudio sobre lírica, pero no duda en afirmar que “el Flamenco se canta en Flamenco, la lengua que formaron moriscos, gitanos y negros” (p. 72). Sus ideas sobre la etimología del término flamenco “seguiriya” o “siguiriya” demuestran que no se ha molestado en ponerse al día en cuanto a los estudios previos realizados sobre este término, como el de José Mercado (La seguidilla gitana, Taurus, 1982). Cree que viene de Sikriyya, cuando lo cierto es que es una deformación del término “seguidilla”, que a su vez se origina en las “coplas de la seguida”, es decir, porque se cantaban coplas seguidas, tal y como explicara Gonzalo Correas en su Arte grande de la lengua española castellana de 1626.

Ignora Antonio Manuel que el término deformado “seguiriya” no se impone en el ambiente flamenco hasta bien entrado el siglo XX, aunque se pueda localizar antes. Cantaoras como Pastora Pavón, Manuel Torres o Antonio Chacón aún graban sus registros sonoros bajo el nombre de “seguidilla gitana”. En el caso de Pastora, en 1947 aún aparece “seguidillas”. La primera vez que figura “seguiriya” en sus discos es en 1950. Mucho trecho para un supuesto término árabe.

Y así con todos los demás. Afirma que a mediados del siglo XVIII el taranto se hizo taranta (p. 136), cuando fue al revés. En esa época no existía ni siquiera la rondeña, posiblemente el fandango flamenco más antiguo. Habla de carceleras, mineras, cartageneras como cantes libertarios surgidos en las canteras, palos de gitanos y moriscos, cuando estos estilos comienzan a aflamencarse a finales del XIX y se hacen flamencos a comienzos del XX.

La demostración del origen del término “petenera” a partir de “piedra negra” (p. 100) es inaceptable. Desconoce que la petenera se documenta por primera vez en México a comienzos del XIX, no se transforma en palo flamenco hasta finales del XIX de mano de Medina el Viejo, y sobre todo de La Niña de los Peines ya a comienzos del siglo XX.

Antonio se limita a buscar semejanzas sonoras entre palabras de uno y otro idioma, sin más. Martinete de “marratain”, y otras asociaciones semejantes sin fundamento alguno.

Y luego entra en la música, aunque dijera al comienzo que no. Del fandango dice que es modal cuando se canta y tonal cuando se baila, pero el fandango, cuando se baila, ya sea en forma de malagueñas o fandangos verdiales, se hace con la misma música que cuando se canta y es tonal porque se hace con acordes y armonía funcional.

Como dice Steingress, el estudio del flamenco en su faceta histórica requiere de competencias muy variadas en áreas temáticas muy dispares. En el caso del flamenco y su relación con la música árabe, un estudio serio necesitaría de conocimientos lingüísticos (árabe como mínimo, más francés e inglés debido a la literatura secundaria), musicológicos (expertos en teoría y práctica musical occidental y oriental), históricos (fuentes de la teoría musical árabe de la Edad Media) y etnomusicológicos (expertos en tradición oral española y supervivencias de prácticas musicales en el magreb actual), esto para tener un mínimo de autoridad. No sabemos de la formación de Antonio Manuel como filólogo en lenguas hispanas o árabes, o en musicología. Lo que figura en la solapa del libro es doctor en Derecho, a la vez que miembro fundador y compositor del grupo Deneuve. En algún video de los que circulan por las redes afirma haber estudiado dos años de árabe, a todas luces insuficiente para dominar el idioma.

En este libro no se tienen en cuenta estudios previos como los de Reynaldo Fernández Manzano, uno de los mayores expertos en música andalusí, quien ha analizado la música de los moriscos del reino de Granada (Música de Al-Andalus, Universidad de Granada, 2015), apuntando la falsa utopía de la convivencia entre cristianos y moriscos, que llevará a un choque cultural, marginación y posterior suplantación de la música popular por la música renacentista y tradiciones cristianas. Este punto es especialmente importante para aquellos estudiosos de la historia del flamenco que han querido y aún quieren ver en lo árabe el origen de la música flamenca: nada más lejos de la realidad. No obstante, es posible admitir algún tipo de herencia musical andalusí en músicas de tradición oral, algo aún por estudiar, pero eso no significa que ese legado sea la causa detonante del flamenco. Igualmente, Amin Chachoo (La música andalusí, Almuzara, 2011) apunta las diferencias entre los sistemas musicales dos tradiciones muy distintas. Todo esto no es óbice para que Antonio Manuel mencione diferentes modos melódicos y rítmicos andalusíes y los asocie con el flamenco sin mostrar ni un solo ejemplo comparativo (p. 78) o citar alguien que lo haya hecho.

Antonio Manuel desconoce los procesos de transmisión y transformación musical en músicas de tradición oral. Los nombres de los palos no identifican en un principio a sus músicas, puesto que las músicas existen antes de que tomen nombre. Por poner un ejemplo, palabras como fandango, tango, o rumba, eran usadas como sinónimo de fiesta o baile, y no se asocian a un estilo o palo concreto hasta que no ha pasado un tiempo de su uso. Dentro de las músicas llamadas “fandango” hubo muchísimas variantes distintas, nada que ver aún con lo que entendemos por rondeñas y malagueñas, los primeros ejemplos de fandangos modernos que son base de los flamencos, en los albores del siglo XIX. Antes de eso tenemos documentos musicales de estilos llamados “fandango” muy dispares, no flamencos, en diferentes tonalidades y compases, así que las palabras de los estilos no identifican músicas concretas hasta tiempo después. Aún hoy, en México hablan de fandango como fiesta, y en el “fandango” se cantan y se bailan zapateados, jarabes y otros sones muy diferentes, que no son propiamente “fandangos”. Muchos de estos términos tienen origen jergal; otros se toman de algunas de las palabras de las coplas que se cantan, como los Tientos, que existían mucho antes de que se llamaran tientos bajo el nombre de Tango de los tientos, debido a la letra que se cantaba:


Me tiraste esos tientos
por ver si me blandeaba
y me encontraste más firme
que las murallas del alba


Antonio Manuel se niega a creer lo más evidente en cuanto al significado de ciertos nombres de palos flamencos, como que Jabera venga de vendedora de habas; “prefiere”, en sus propias palabras, buscar una explicación “más flamenca” (p. 56), árabe en todo caso.

Podríamos seguir, pero haría falta otro libro para desmontar su Arqueología, que no habría tenido mayor repercusión de no haber sido por las redes, sobre todo Facebook, donde se han compartido diferentes videos y entrevistas en los que explica sus ideas y donde reconoce, paradójicamente, que lo que más escucha es pop independiente y, en menor medida, flamenco y otras músicas (Revista Nueva Revolución, 12-10-2020).

Tiene muchos seguidores que creen a pies juntillas sus teorías debido a la facilidad de oratoria que tiene, sin duda un experto en estas lides. Le hemos visto participar en algunas tertulias y mesas sobre flamenco y en el documental de Manolo Sanlúcar explicando la historia del “Falah mankub”, ocupando espacios que deberían ocupar verdaderos expertos. Según parece, Canal Sur está realizando una serie para televisión sobre los orígenes del flamenco a partir de su libro. No se entiende que una cadena pública no se plantee siquiera si el contenido de sus programas pudiera tener algún fundamento de rigor. Es de suponer que lo que les interesa es que el programa tenga audiencia.

Igualmente, la editorial Almuzara debiera prestar más atención a lo que publica. Esta editorial tiene una línea de flamenco muy buena, salvo alguna excepción. Aunque parece que este libro no va en la misma colección. Pero saben que se venderá bien. Es un tema que interesa y que vende. En la contraportada se dice: «Arqueología de lo jondo es una emocionante defensa de las raíces del flamenco. Escrita con una elegante aleación de rigor y belleza…». De rigor ninguno, por supuesto; de belleza sí, porque Antonio Manuel escribe bien, no lo vamos a negar. Tiene el libro varios relatos y anécdotas muy bonitas, que usa para dar credibilidad a su apasionado discurso, pero éste se cae por la cantidad de errores en los que incurre y la falta de pruebas: es un camelo, como vulgarmente se dice. Además, no acudan a la bibliografía porque no hay. Algo sorprendente en un tema de estas características.

Releyendo a Steingress (Sociología del cante flamenco), nos dice lo siguiente:

hasta los años sesenta de nuestro siglo [siglo XX] el cante se había considerado principalmente objeto de la interpretación individual de aficionados, poetas y otros eruditos, recientemente se hace referencia al trabajo de profesionales científicos de diferentes disciplinas. Si el cante hasta entonces sirvió de base seudofilosófica a una "visión flamenca" del mundo, el nuevo tipo de investigación lo explica como fenómeno cultural ligado a la realidad social y su desarrollo histórico. El cante se considera arte y por esta razón se analiza a partir del desarrollo del arte en la sociedad. Por todo ello, cada día se hace más necesario que la flamencología crítica no se reduzca a la mera opinión subjetiva [la basada en intuiciones como se define el mismo Antonio Manuel] sino que se vincule a las diversas disciplinas científicas.

Parece que hemos vuelto a los años sesenta de nuevo, a las razones incorpóreas y las intuiciones como manifestación de la verdad.


 

Escrito por Guillermo Castro
Desde España
Fecha de publicación: Verano de 2021
Artículo que vió la luz en la edición nº 41 de Sinfonía Virtual
www.sinfoniavirtual.com
ISSN 1886-9505


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