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LA COMODIDAD DE OYENTE (O EL PROBLEMA DE LOS CLÁSICOS)
María Laura del Pozzo

Debo decir que siempre me interesó, a partir de consolidar mi vocación musical, entender porqué escuchamos música.

Qué nos atrae, qué nos moviliza, qué nos evoca, qué buscamos en definitiva cuando vamos al encuentro de una obra ó un tema musical.

También me produce cierta intriga (y cierto dejo de preocupación) saber porqué nos gusta tanto  volver a escuchar algo ya conocido. Volver a paladearlo, aunque uno sepa el discurrir de la obra ó el final, es un placer siempre renovado que a la mayoría de los oyentes nos complace.

Puede ser una ópera, cuyo argumento ya conocemos, que ya hemos visto otras veces, de la cual frecuentemente tenemos por lo menos una grabación y de la que a veces podemos canturrear arias enteras, y sin embargo el gusto de volver a reencontrarnos con ella perdura.

Puede ser una obra académica ó popular. Cuántos temas de jazz ó de otros estilos resurgen, con nuevas versiones, es cierto, pero con la sensación de que el “anclaje” a lo ya conocido nos tranquiliza.

¿Por qué se da este estado de cosas que de alguna manera nos impide escuchar con cierta dosis de audacia obras escritas en lenguajes no tradicionales o no frecuentados por nosotros?

He intentado varias respuestas. Ninguna cierra ni por asomo este complicado asunto.

  • El oyente actual busca una audición más segura de la música. Sólo veamos cuál es el cliché o la caricatura del oyente de música académica: el sillón, la búsqueda del relax y un concierto barroco ó clásico de fondo. Por otro lado, y dentro del rock, tengo la sensación,  que si bien se busca más el impacto, la movilización más “visceral”, no deja de ser un impacto musical ya conocido y reiterativo.

 

  • Venimos educados con una reverencia excesiva hacia los “clásicos”. Según el catedrático Edward Dent, citado por el compositor estadounidense Aaron Copland en su libro “Música e Imaginación”, esta situación puede rastrearse en las ideas propias de Beethoven luego sistematizadas y difundidas por Richard Wagner en lo relativo a la “religión de la música”; el sentirse dentro de un movimiento fundacional, con valores eternos, un “antes y un después” de ese momento histórico-cultural-musical (estamos hablando especialmente del entorno cultural y filosófico de buena parte del pensamiento germánico del siglo XIX), que de alguna manera  elevó a la categoría  de sacrosantos e intocables a aquellos maestros. Algo que vemos no ocurre con los libros. Se sigue leyendo a un Cervantes, a un Shakespeare, al mismo tiempo que se lanza al último ganador de un premio literario con gran éxito de ventas.
  • Y como siempre la veta comercial. Siempre es mejor programa en  una sala de conciertos ó en el lanzamiento de un CD, obras ya probadas, que siempre tendrán un público seguro y gustoso que pagará su entrada ó comprará su CD.

 

Continuando con Dent, citado más arriba, que alertaba en 1936( ! ) sobre las estrategias de marketing: las etiquetas de
“clásicos” como reaseguro de venta. “Los Grandes clásicos”, “Los clásicos del Jazz”, “Los Modernos clásicos” y ahora “Los clásicos de los Sesenta”, “Los clásicos del Rock”, “Los clásicos del Tango”, etc. etc. Como si nos dijesen: “Quédense tranquilos, el dinero que inviertan en la entrada ó en el CD no será en vano. No existe riesgo en este producto. Ya está probado”.

Tal vez, filosóficamente hablando, en un mundo tan cambiante, querríamos algo bien seguro, ya “testeado” por otros públicos, de otros tiempos.....

Pero siento que también existe una cierta “complicidad” en los compositores académicos de los últimos tiempos. Un encerrarse en las propias ideas, una permanente queja por lo escaso ó limitado de los públicos, una tendencia a sentirse incomprendidos y al mismo tiempo, a creer que la vanguardia ó el talento verdaderos siempre serán incomprendidos en el momento de la  creación.

Y todo esto, trayendo de la mano un creciente proceso de incomunicación con el oyente de hoy.

También es cierto que cada nueva generación se pone en contacto con la historia musical, con las obras de los maestros antiguos, haciendo su propio descubrimiento de  esas partituras. Para un joven de hoy, paradójicamente Mozart puede ser “nuevo”, simplemente porque no lo conoce. De hecho a cada uno de nosotros, como melómanos, nos fue pasando de ir descubriendo cada obra, cada compositor, cada estilo independientemente de la época en que fue escrita. La descubrimos en “tiempo presente” nunca en pasado. Y en realidad podríamos ir más lejos. Cada vez que volvemos a conectarnos con esas obras, o esos autores lo hacemos desde nuestro presente.

En fin, creo que sería deseable un poco más de riesgo al escuchar, al elegir obras. Un sano sentido crítico, pero no descalificador hacia lo nuevo. Una menor reverencia hacia los antiguos, (que no necesitan que los reverenciemos para ser grandes) y un acercamiento a ellos desde nuestro mirar contemporáneo. Al mismo tiempo sería importante y sumamente positivo (sobre todo para nuestra propia salud espiritual y creativa) que estemos más deseosos de comunicarnos y abrirnos a otras experiencias, para no terminar convirtiendo a nuestras queridas salas de conciertos, (y cito nuevamente a Copland) en museos musicales.

 

 


Artículo escrito por María Laura del Pozzo
Desde Argentina
Fecha de publicación: Abril del 2007.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0003 de Sinfonía Virtual.

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