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PITÁGORAS DE SAMOS. LA MÚSICA COMO PERFECCIÓN: EL UNIVERSO COMO ARMONÍA.

Daniel Martín Sáez
Director de Sinfonía Virtual

(Nº 3, ABRIL, 2007)
Revisado en 2011

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DIVULGACCIÓN, ESTÉTICA


Un lector despistado -un mal lector- tiene siempre la impresión de que los filósofos no han tratado el problema de la música con suficiente interés y cautela. Incluso lo daría por un hecho justificado y razonable a tenor de la existencia de problemas más urgentes. Sin embargo, la relación entre Música y Filosofía es fundamental desde la Antigüedad y se mantiene como una constante hasta el siglo XX, con una fuerza y continuidad sin parangón en el resto de las artes, y sólo igualada, en otro orden de cosas, por manifestaciones culturales como las Matemáticas. Por eso, cuando nos acercamos a la obra de filósofos como Pitágoras, Platón o Aristóteles, no podemos sino abandonar la impresión inicial y reconocer el papel central que la música juega en la Historia de la Filosofía.

        En la Edad Media tenemos otros ejemplos, aunque todos mantienen un aire de familia y un cierto estatismo teórico, amparado en la figura central de Boecio. El Renacimiento, como la Modernidad, volverá a Pitágoras, Platón, Aristóteles y Aristoxeno: Zarlino es la figura más importante, como la bisagra que media entre ambas épocas y que recoge las reflexiones más influyentes. A partir de entonces, la Música es omnipresente: Descartes, Kepler, Monteverdi, Rameau, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche y Adorno, por no hablar de las decenas de teóricos románticos que dedicaron a la música un lugar central, son sólo agunos ejemplos.

        También para comprenderlos a ellos resulta trascendental, como momento previo, abordar las raíces del pensamiento occidental sobre la música y reconocer la sorprendente acogida que se le ha dado en la Historia del Pensamiento. Nos ceñiremos a Pitágoras por ser el primero en dotarnos de una teoría filosófica sobre la música. Nuestra finalidad será explicar la concepción de la música que tenían los pitagóricos (entendidos como una secta que atribuía sin distinción a Pitágoras todos los descubrimientos de la escuela) y cómo llegaron a ella. Todo ello, situado someramente en su contexto histórico y filosófico. Si comprendemos su doctrina, nos será más sencillo comprender la definición de la filosofía, por parte Platón, como "la música más excelsa"; pero sobre todo nos percataremos del gran valor que todavía hoy tienen las reflexiones antiguas sobre el papel de la música en la educación, el ocio, el placer y, no menos importante, en el conocimiento.

        Pitágoras pertenece al círculo de los llamados Pre-socráticos, cuyas doctrinas nos fueron legadas de forma incompleta, ambigua y fragmentaria. La mayoría de sus escritos fueron perdidos en tiempos pretéritos y los pocos testimonios de que disponemos forman parte de una tradición doxográfica reducida. Un ejemplo típico, y también poco fiable, es Diógenes Laercio, que escribiría en el siglo III de nuestra Era unas Vidas de los más ilustres filósofos griegos, varios siglos despues de que muchos de ellos hubieran muerto. Sin embargo, ello no evita que podamos destacar una serie de acontecimientos característicos e importantes a la hora de afrontar un tema tan antiguo y escabroso, a partir del análisis comparativo de los distintos testimonios y citas y sus respectivas procedencias.

        Lo importante, en todo caso, es el cambio revolucionario que se produjo con los llamados "pre-socráticos", a los que se ha considerado como una especie de prólogo a la Filosofía o, si se quiere, una "proto-filosofía". En este ámbito, un tópico habitual consiste en denominar a este cambio "el paso del mito al lógos", esto es, el paso del "mito" a la "razón". Con él se intenta mentar el paso de una concepción religioso-mitológica, desde la cual todo acontecimiento es explicado de forma fabulosa, poética e inventada (según el tópico, sin conexión con la realidad), a otra concepción en la que los acontecimientos de la vida y de la naturaleza son explicados, al menos de forma intencionada, consciente y sistemática, mediante la razón. Se pasaría así de una lógica de la invención a una lógica del descubrimiento, de una comprensión trascendental y divina a una explicación inmanente y científica. Pero debemos matizar en que consiste este paso.

        En realidad, la metáfora del paso del mito al logos es en sí misma una mitología con un origen preciso y, hasta cierto punto, ideológico. Su nacimiento está en el siglo XIX, inundado por el positivismo y el cientificismo. A los ojos de hoy, debe ser matizada y comprendida como una cuestión de énfasis: los filósofos hacen hincapié en que sus razonamientos no pertenecen al pasado homérico-hesíodico, al que sin embargo respetan y del que reconocen su influencia y su contenido filosófico. El problema fundamental de esta metáfora, como ha puesto en claro la filosofía contemporánea, es que presuponía axiomas insostenibles, haciéndonos pensar que no hubo nada de mito (invención) en la razón filosófica (descubrimiento), ni nada de la razón filosófica (descubrimiento) en el mito (invención). Esto es simplemente imposible y sería negado por el mismo Platón. Pero es insostenible también en nuestros días (pensemos, por ejemplo, en las nociones de "progreso", "emancipación" y "democracia").

        A pesar de todo, la metáfora no es gratuita y podemos aceptarla como lo que es, una metáfora orientativa o pedagógica para compernder el hecho, innegable por otra parte, del nacimiento del pensamiento "científico" y "filosófico" frente al puramente religioso y basando en la simple creencia. Será así como aparezcan los primeros "físicos" (dedicados a las cuestiones naturales) y, pronto, la filosofía (cuyo ámbito de juego no es exclusivo de la física e incluye cuestiones que hoy denominamos metafísicas, epistemológicas, estéticas, políticas, éticas), enraizada en el intelectualismo socrático. Como es sabido, este paso habría sido iniciado por Tales de Mileto y diligentemente seguido por Pitágoras.

        Pitágoras es sin duda el matemático más importante de la Historia. Nacido en la isla de Samos, en la época del gran tirano Polycrates (¿-522 a. C.) pronto se trasladaría a Crotona (estando en desacuerdo con el gobierno tiránico vigente en su isla natal) donde fundaría su escuela religioso-matemática (a forma de secta), formada por sus discípulos, llamados pitagóricos en honor a su fundador. Las matemáticas tienen un lugar fundamental en toda nuestra tradición (desde Platón y Euclides, pasando por Descartes y Galileo y llegando al siglo XX), empapando el resto de las ciencias y erigiéndose -sobre todo en la Modernidad- como modelo de "descubrimientos" evidentes e irrefutables. Ninguna ciencia puede presumir como las matemáticas de haber evolucionado tanto ni de forma tan constante. La importancia de Pitágoras, en este sentido, es trascendental, por cuanto sería considerado, al probar por primera vez un teorema (honor que compartiría con Tales de Mileto), el primer matemático de la Historia.

        Por supuesto, antes de Pitágoras existieron descubrimientos que podrían tildarse de "matemáticos". El mismo llamado "teorema de Pitágoras" ya era utilizado por los egipcios antes de que Pitágoras lo formulara. Sin embargo, la revolución acaecida con el pensamiento griego, y por tanto con Pitágoras, consiste en dar valor a esos conocimientos por sí mismos y no, como se hacía en Egipto (y en realidad en el resto del mundo), por su utilidad práctica o meramente religiosa. Donde Pitágoras ve un teorema con valor propio, el egipcio sólo veía un modo de resolver los problemas a los que se enfrentaba para solucionar, por ejemplo, los desbordamientos del rio Nilo. Poco después, Aristóteles daría cabida a la noción, hasta entonces inexistente, de "descubrimiento" -impensable en cualquier otra región del mundo- y plantearía, siguiendo a Parménides, los inicios de la lógica (con la cual, una vez más, no se trata de pensar, sino de saber cómo pensamos). En otras palabras: se trata del inicio de nuestra concepción científica actual, el conocimiento frente a la utilidad, la epistemología frente al conocimiento ya adquirido e incuestionable.

        Pero los pitagóricos no pueden comprenderse como una simple secta científica: esto sería simplificar mucho las cosas. El elemento religioso es innegable y resulta fundamental para comprender lo que haya en él de "filosofía". Tal y como afirma Bertrand Russell sobre Pitágoras:

[Pitágoras] fundó una religión cuyos dogmas principales eran la transmigración de las almas y que el comer alubias era un pecado. Su religión se incorporó en una orden religiosa, que en algunos lugares adquirió el control del Estado, y estableció una regla de los santos (...) fueron admitidos hombres y mujeres en igualdad de condiciones; la propiedad era común (...) los descubrimientos (...) fueron considerados colectivos (...) atribuidos a Pitágoras aun después de su muerte (RUSSELL, B. 2005)

        Con estas breves líneas, el filósofo inglés nos ha mostrado ya algunas de las características más religiosas, y quizá por ello menos universales, del pitagorismo, y en ellas podemos observar cómo el pensamiento puramente racional estuvo ligado en sus inicios a fuertes creencias religiosas. Con esto podemos ir ya al problema que nos interesa.

        Aunque resulta un problema inevitable utilizar los conceptos modernos para hablar de la Antigüedad, podría decirse que Pitágoras es un "idealista" y, quizá, el primer idealista. No sólo en el campo de la religión, sino también en el de la separación entre lo conocido mediante los sentidos (que nos engañan) y lo conocido mediante el intelecto (que nos lleva a la verdad), fue el maestro de Platón, iniciando una larga tradición que podemos rastrear desde San Agustín y Descartes hasta Hegel. De este modo, aparece una de las primeras manifestaciones filosóficas de devaluación de los sentidos como fuente de conocimiento, estando en su lugar el intelecto. Pues bien: es aquí donde entran en juego las Matemáticas y la Música.

        Los pitagóricos, ante el hecho de que muchos entes reales (para ellos, todos) podían ser explicados con principios matemáticos, llegaron a la conclusión de que las matemáticas constituían la verdadera representación de la realidad. De ahí que afirmasen que “todas las cosas eran números” y que les fascinara todo aquello en lo que los números, las operaciones aritméticas, tuvieran alguna importancia. Un lugar privilegiado en esto era la música, en cuyos tonos se descubrieron las famosas proporciones matemáticas.

        El descubrimiento debió ser fascinante, teniendo en cuenta que la acuñación del término "matemáticas", inventado en aquella época y quizá por Pitágoras, respondía en parte a la necesidad de denominar todo aquello "necesita ser aprendido" frente a lo que "no necesita ser aprendido" para su comprensión. Las matemáticas, en este sentido, requerían un fuerte estudio y preparación, y en ellas se incluían disciplinas distintas como la astronomía y la aritmética, las cuales se contraponían a otras disciplinas, como la poesía y la retórica, que supuestamente no necesitarían ese estudio previo para ser comprendidas. Curiosamente, estas últimas disciplinas eran denominadas con la noción de "música" (etimológicamente, "perteneciente o relativo a las musas"), que por tanto se opone así al término "matemáticas" (sin que ninguna de ambas nociones, como es obvio, equivalga a nuestra utilización actual de las mismas).

        Y, sin embargo, los descubrimientos de Pitágoras habían demostrado una íntima afinidad entre ellas, sin que pareciera que una podría vivir sin la otra. Esto será común en los griegos a partir de entonces. Frente a nuestra estricta distinción moderna entre estética y epistemología, para los griegos la belleza y el placer siempre estuvieron unidos al conocimiento, como lo físico a lo espiritual.

        Como indica Bernabé, “se le atribuye a Pitágoras el descubrimiento de los intervalos musicales regulares; esto es, la comprobación del hecho de que las escalas se componían a base de dividir la cuerda en las proporciones 1:2, 3:2, 4:3.”; y una de las fuentes de conocimiento de nuestro autor relata lo siguiente: “Pitágoras, según dice Jenócrates [396-314 a. De J.C.], descubrió que los intervalos en música no pueden originarse sin el número, ya que consisten en la combinación de una cantidad con otra. Así que examinó a qué se debía el que los intervalos fueran concordantes o discordantes y, en general, el origen de todo lo armónico y lo inarmónico” (Berbabé 2002).

        De ahí surgiría una misteriosa comunicación entre las matemáticas y la música, en un fascinante y atractivo juego de trasferencias e influencia mutua que podemos rastrear hasta el siglo XX. Esto es claramente visible en la creación y teorización musical de las últimas décadas: el serialismo integral de Boulez, la creación de Stockhausen y el minimalismo de Glass son sólo algunos ejemplos de ello, sin que la matemática, en el camino que media entre los griegos y el siglo XX, haya dejado de formar parte de la Historia de la Música. En cuanto a la matemática, la utilización del término "armonía" por parte de Pitágoras y, por ende, la definición del estado del mundo a través de la música, es sin duda la consecuencia más importante, incluso cuando esta comunicación fue perdiendo terreno en la Historia de la Ciencia (Descartes y Kepler quizá fueron los últimos "grandes" que dieron a la música un lugar central).

        En cualquier caso, ni siquiera los científicos han negado nunca el fascinante vínculo dado entre las matemáticas y la música, y justamente en el sentido pitagórico, es decir, en el que supone relaciones entre la ciencia y el arte, entre lo creativo y lo aprendido, especialmente a partir de los descubrimientos neurológicos del siglo XXI, pero también, y sobre todo, con la reflexión de la filosofía contemporánea sobre las relaciones entre ciencia y creatividad, entre metodología de investigación e impulso por construir teorías bellas.

        El término "armonía" debe ser entendido como formación de una escala, como orden sucesivo, horizontal, y no como lo que conocemos actualmente en música, pues la creación griega era puramente melódica y estaba íntimamente fundida con la poesía. Es así como el cosmos (concepto que nosotros traduciríamos como "orden") es identificado con la perfección, la armonía y el número. De ahí el idealismo, pues esta perfección, por su elemento matemático y esotérico (las proporciones no se ven a simple vista), solo es cognoscible mediante el intelecto, es decir, con ayuda de las matemáticas. Aristóteles explicó estas ideas en el siguiente fragmento:

En tiempo de estos filósofos y antes que ellos, los llamados pitagóricos se dedicaron por de pronto a las matemáticas, e hicieron progresar esta ciencia. Embebidos en este estudio, creyeron que los principios de las matemáticas eran los principios de todos los seres. Los números son por su naturaleza anteriores a las cosas, y los pitagóricos creían percibir en los números más bien que en el fuego, la tierra y el agua, una multitud de analogías con lo que existe y lo que se produce. Tal combinación de números, por ejemplo, les parecía ser la justicia, tal otra el alma y la inteligencia, tal otra la oportunidad; y así, poco más o menos, hacían con todo lo demás; por último, veían en los números las combinaciones de la música y sus acordes. Pareciéndoles que estaban formadas todas las cosas a semejanza de los números, y siendo por otra parte los números anteriores a todas las cosas, creyeron que los elementos de los números son los elementos de todos los seres, y que el cielo en su conjunto es una armonía y un número. Todas las concordancias que podían descubrir en los números y en la música, junto con los fenómenos del cielo y sus partes y con el orden del Universo, las reunían, y de esta manera formaban un sistema.

(Aristóteles, Metafísica, 5, libro I)

       Por todo ello, los pitagóricos considerarían a la contemplación -frente al mero hacer y ver materiales- como uno de los requisitos fundamentales de su doctrina y de la vida del filósofo, esto es, de aquel que quiere saber, purificarse, ser feliz: no basta con el conocimiento de los sentidos, hay que ver con el intelecto, y para ello la música hace las veces de trampolín entre un mundo y el otro. La anécdota más conocida del mundo pitagórico, y sin duda la más representativa de su doctrina, es la siguiente: “[Pitágoras] decía que la vida se parece a quienes se congregan con ocasión de unos juegos: unos acuden para competir; otros, por el comercio, pero los mejores, como espectadores”. Esos espectadores son los que visualizan, los que tocan, pero también, y sobre todo, los que escuchan, los que calculan, los que piensan...

       Una doctrina fundamental del sistema pitagórico era la idea de la transmigración de las almas, y consigo de la reencarnación, que daba como conclusión una especie de eterno retorno. La historia se repite. Todo permanece de algún modo, como los números, de forma perfecta. ¿Qué es esto sino armonía, entendida como “conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras” (R.A.E.)? El eterno retorno es la imagen misma del orden en la sucesión, como la rencarnación: algo que la música, a través de sus correspondencias interválicas, parecía ratificar misteriosamente.

        En el mismo orden de cosas, destaca la doctrina de la purificación del alma (kátharsis): la música era considerada por Pitágoras como algo eterno, gravado a fuego en los movimientos planetarios, como veremos, a partir de lo cual podía conseguirse la purificación del alma (un concepto esencial en la Historia de la Filosofía nacido entonces, e importante todavía, incluso cuando ha dejado de utilizarse, a través de su secularización). Otra fuente nos lo ratifica: “purificaban su cuerpo por medio de la medicina y su alma por medio de la música”. Esta frase será repetida por Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”, llegándose así a dos conclusiones claras: la música es importante como medio de contemplación y como medio de purificación espiritual.

        Finalmente, resulta imprescindible recordar, aunque sea brevemente, la teoría pitagórica sobre la armonía producida por los planetas al moverse, esto es: la armonía o música de las esferas. Esta teoría postulaba que el universo, como si de un instrumento se tratase, a través del movimiento de las esferas producía una serie de sonidos. Esto es, las esferas, al moverse, producirían una serie de sonidos, los cuales no serían perceptibles por el hombre por haberse acostumbrado éstos a ellos con el paso de los años.

        Cada uno de los sonidos producidos vendría diferenciado según la posición de la esfera correspondiente y su movimiento. Así, según las proporciones aritméticas de sus órbitas alrededor de la tierra, se producía un tono u otro, de modo que al sonar todas al mismo tiempo componían una armonía perfecta. Esta teoría no solo fue discutida por los pitagóricos sino que ha sido cuestionada desde entonces hasta nuestros días. Además, esta teoría les sirvió a los pitagóricos para argumentar a favor de las matemáticas y de que “todo son números”, hasta el punto de que la música suponía un paso imprescindible sobre el cual se sustentaba toda teoría cosmológica, antropológica y ética de los pitagóricos. La música, por así decirlo, resultó ser el diamante de los pitagóricos. Las proporciones musicales parecían dar sentido a toda su doctrina al confirmar la existencia de las proporciones "armónicas".

        El movimiento pitagórico formará parte importante de las nuevas doctrinas (la platónica y aristotélica, sin ir más lejos). Como hemos visto, podemos rastrear la influencia de la doctrina pitagórica hasta el siglo XXI. Recordemos tres aseveraciones, pertenecientes al pasado siglo XX, como ejemplos del alcance y la influencia de la doctrina pitagórica:


Cuando no me ve nadie, como ahora, gusto de imaginar a veces si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas

(Buero Vallejo –resalta la relación de la música con el conocimiento).



Desde que el hombre existe ha habido música. Pero también los animales, los átomos y las estrellas hacen música

(Karlheinz Stockhausen –afirma la eternidad de la música y su alcance cósmico).



El pensamiento, cuanto más puro, tiene su número, su medida, su música

(Zambrano, M. –estima al pensamiento como medida armónica).







Escrito por Daniel Martín Sáez
Desde España
Fecha de publicación: Abril de 2007
Artículo que vió la luz en la revista nº 3 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505

 

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