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HOMENAJE A MSTISLAV ROSTROPÓVICH

Redacción: Daniel Martín Sáez
Colaboran: Pablo Ransanz, Daniel Alejandro Gómez, José Mario Carrer, Antonio Domínguez Luque.

(Nº 4, JULIO, 2007)


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HOMENAJE

RESUMEN

Homenaje conjunto a la figura de Mstislav Rostropovich, fallecido el pasado mes de abril, por parte de varios autores en representación de todo el equipo de Sinfonía Virtual.

Palabras clave: Miedo escénico, Pedagogía, Emoción


Todos los seres humanos deben tener el derecho
de pensar por sí mismos y expresar su opinión sin miedo


(Mstislav Rostropóvich, carta al periódico ‘Pravda’, 1970)

 

Se abre el telón de nuestra memoria. Poco tiempo después del fallecimiento de Rostropóvich, la música canta con un tempo acelerado, excitada. La vida, como la música, empieza en silencio y acaba en silencio. Entre silencios, Rostropóvich nos deleitó cual violonchelista superdotado, enalteciendo nuestras emociones al terreno de lo perfecto, haciendo un juicio justo de los compositores a los que interpretaba. Razón por la cual, los que formamos Sinfonía Virtual, hemos creído necesario dedicarle este humilde homenaje. A pesar de que no todos los escritores escriben, todos estamos de acuerdo en lo que a continuación se manifiesta sobre el músico laudable que Mstislav fue.

        En 1927, año en el que se estrena la película muda Metrópolis y la primera filme sonora, El Cantante de Jazz, con la cual el cine comienza una revolución, nace en Bakú (capital de la actual Azerbaiyán, antigua RSS) el que será uno de los mejores violonchelistas del mundo, el excelentísimo Mstislav Leopóldovich Rostropóvich.

        Nacido en una familia de músicos, a la edad de cuatro años mantendrá su primer contacto instrumental cuando reciba clases de piano por parte de su madre, siendo poco después cuando comience a recibir las de violonchelo, esta vez, por parte de su padre. Demostrando muy buenas cualidades para la interpretación, su entrada en el conservatorio de Moscú se produciría a los dieciséis años, siendo, a lo largo de su estancia en él, alumno de profesores como Shostakovich y Prokofiev, solista de la filarmónica en 1941, director de orquesta en 1950 y, muy pronto, profesor en aquél mismo conservatorio (1961), enseñando también en el conservatorio de Leningrado.

        En 1940 dio su primer concierto de violonchelo, el concierto número 1 de Saint-Säens. Siendo en 1950 cuando se casa con Galina Vishnevskaya, primera soprano del Teatro de la Ópera Bolshoi, con la que concibió a sus hijas Olga y Elena, y junto con la que ha actuado numerosas veces cual historia de amor musical.

        Antonio Domínguez Luque nos cuenta la relación íntima que se daba entre Rostropóvich y su instrumento del siguiente modo:

Érase una vez un instrumento que iba en busca de alguien que supiera sacar de sus cuerdas todo el potencial del que éste era capaz. No estaba particularmente alegre este instrumento, ya que tan sólo de muy vez en cuando conseguía destacar por encima de sus compañeros de orquesta. Pero ese día estaba decidido a poner punto y final a su situación: ese día encontraría a alguien con el que iniciar una larga y fructífera relación. Y quiso el destino que en su camino se cruzara un ruso. Tuvo lugar la presentación de rigor y nuestros dos personajes siguieron su camino, pero ya juntos y de manera inseparable. Se iniciaba así a mediados del siglo que hace poco hemos abandonado la relación entre Rostropóvich y el violoncello, iniciando así ambos un viaje que les llevaría juntos por todo el planeta. La relación entre Rostropóvich y el violoncello era ejemplar: el músico tenía esa capacidad innata de extraer de su amigo sonidos embelesadores, sensaciones indescriptibles. La complicidad que entre ambos existía era la misma que hay entre dos amigos íntimos. Rostropóvich entendía al violoncello con sólo ver sus cuerdas; el violoncello se ponía al servicio de Rostropóvich dando lo mejor de sí. Y así ha sido durante los más de cincuenta años que han estado juntos. Rostropóvich dejaba de vez en cuando descansar a su íntimo amigo para coger una batuta, pero no era lo mismo: con la batuta no existía esa empatía que existía con el violoncello. Su relación con la batuta era la de una amistad, pero no de la intimidad que lo unía a su instrumento. Desgraciadamente, el viaje llegó a su destino final el pasado 27 de abril. Ese día, Rostropóvich se despedía para siempre de su violoncello, mientras éste lloraba de manera inevitable la marcha del que durante medio siglo fue su amigo y confidente. En nuestra mente quedarán grabadas las actuaciones y melodías con la que esta gran pareja nos deleitaban, algo de lo que tan sólo es capaz maestros como el gran, enorme Rostropóvich. Descanse en paz y muchísimas gracias por su arte. (A. Domínguez Luque)

        Años después, entre los años 1964 y 1967 recibiría de su amigo, el compositor británico Britten, las famosas Suites para violonchelo. Pablo Ransanz, en su especial y emotivo homenaje a Rostropóvich, nos lo cuenta:

Rostropóvich ha sido, sin duda, uno de los más influyentes violonchelistas de toda la centuria pasada. Sus aportaciones técnicas y estilísticas al instrumento que tanto amaba le sitúan en la cima de los intérpretes de violonchelo. Se trata de una pérdida irreparable en el plano puramente humano y material, aunque Rostropóvich seguirá siempre vivo en la memoria colectiva. Vivo a través de sus múltiples y extraordinarias grabaciones del repertorio para violonchelo, y vivo también mediante el compromiso musical y ético de todos aquéllos que le conocieron y que, aunque lloran su pérdida, saben que su Arte está vivo aquí y ahora. Donde Don Mstislav se encuentra ahora tocando – a su manera – alguna melodía que emerge de las entrañas de algún violonchelo, nadie ha llegado todavía…

        Una de las anécdotas más deliciosas que se recuerdan para enfatizar la sorprendente faceta humana de Don Mstislav tuvo lugar en Inglaterra en la década de los años sesenta, mientras el músico realizaba una gira europea acompañando a su buen amigo, el compositor y pianista Benjamin Britten (Lowestoft, Suffolk, Inglaterra, 22/11/1913 – Aldeburg, Suffolk, id., 04/12/1976).

        Ambos habían sido invitados en 1964 por la Casa Real británica para acudir a la residencia oficial veraniega de la Reina Isabel II. Rostropóvich y Britten aceptaron encantados la invitación de Su Alteza Real, y se dispusieron a preparar el viaje a la mayor brevedad posible.

        Ya en camino hacia las inmediaciones de Londres, mientras ambos músicos conversaban en el automóvil, Rostropóvich confesó a Britten que había estado ensayando durante meses una coreografía espectacular para presentar sus respetos a la Reina. Según nuestro protagonista, se trataba de un saludo muy especial que se le había ocurrrido tras ver durante tantos años las coreografías en el Teatro ruso del Bolshoi. Britten, incrédulo, le preguntó a su amigo en qué consistía semejante salutación.

        Don Mstislav le explicó que era algo relativamente sencillo: se trataba de un ejercicio quasi gimnástico consistente en un triple salto mortal hacia delante - tirabuzón incluido – con genuflexión final delante de la Reina. Britten, al escuchar el relato de su amigo, se escandalizó y le exhortó a que desistiera en hacer semejante saludo. Pero el violonchelista insistió durante el trayecto en que estaba firmemente decidido a realizar la egregia coreografía que con tanto esfuerzo había estado preparando.

        Casi desesperado y horrorizado, Britten siguió insistiendo a Rostropóvich para que recapacitara sobre aquella delirante idea que tantos disgustos podía ocasionarles. Entre sus argumentos, el compositor británico esgrimió uno muy razonable: la Reina era una persona mayor que no estaba preparada para recibir semejantes sustos, por muy nobles que fueran las intenciones de Don Mstislav. Además, si Su Majestad sufriese un ataque al corazón tras el espectacular saludo de Rostropóvich: ¿Cómo se podría justificar semejante hecho por parte de un ciudadano de URSS en Inglaterra durante aquellos años de difíciles e intensas relaciones diplomáticas entre ambos países?

        Cuando los dos músicos se detuvieron para comer en Lynn (Condado de Worcester), Britten le exigió a Rostropóvich que recapacitase seriamente. Don Mstislav, con cierto aire burlón, le contestó que retiraría formalmente el saludo alla rusa que tenía preparado para la Reina sólo si Britten se comprometía por escrito a redactar para él en un período de tres años – a partir de la fecha - un mínimo de dos suites para violonchelo.

        Britten, sin demasiado entusiasmo, y preocupado por que su amigo cometiera una locura delante de Su Alteza Real la Reina Isabel II, aceptó el trato a regañadientes. En una servilleta del restaurante en el que comieron, Rostrópovich redactó un contrato improvisado – en alemán, idioma neutral para ambos -, en el que los “abajo firmantes” (Britten y él) se comprometían a cumplir las condiciones anteriormente descritas.

        De esta manera tan peculiar – recurriendo al chantaje emocional -, Rostropóvich logró ‘arrancar’ – literalmente – a Britten dos suites para violonchelo solo. La primera de ellas fue terminada en aquel año de 1964, y el músico azerbaiyano veía cumplida la primera promesa contractual de su amigo compositor. La segunda de las suites le fue entregada a Rostropóvich en 1967. El propio Don Mstislav, dedicatario de sendas composiciones, se encargó de estrenarlas bajo la atenta supervisión del compositor británico. Aún recibiría otro regalo de su sufridor amigo en 1972, cuando éste le obsequió con su tercera suite para violonchelo. (Pablo Ransanz)

        Viejo amigo de la familia real española, en especial de la Reina Sofía, viaja a España en 1969 por primera vez, volviendo en 1985 para interpretar un recital conmemorativo por el X aniversario de la coronación del Rey español Juan Carlos I. En numerosas ocasiones visitaría España, recibiendo distinciones de todo tipo.

        Pero no sólo destacó musicalmente. A pesar de haber recibido los premios Stalin (1951 y 1953) y Lenin (1964) de la unión soviética, no vaciló en criticar al régimen comunista soviético y en defender siempre públicamente los derechos humanos. El ejemplo más conocido que ratifica lo dicho es la carta que escribió para el diario Pravda en 1970, en la que defendió de forma pública al que sería Premio Nóbel de Literatura ruso, Alexander Solzhenitsyn, escritor de novelas como Archipiélago Gulag (conocida obra en la que se denuncia la represión del estado estalinista).

Lo mejor que he hecho en toda mi vida –afirma Rostropóvich- no ha sido la música sino aquella carta a 'Pravda'. Desde entonces mi conciencia está limpia

        Dicho hecho produjo su exilio en 1974, y sólo tres años después sería nombrado director de la orquesta sinfónica de Washington, siéndole retirada la nacionalidad rusa pocos años después. Interpretaría para su 60 cumpleaños, en 1987, varios conciertos con la Orquesta Sinfónica de Londres.

        Mantuvo dicho cargo en la sinfónica de Washington hasta el año 1994, cuatro años después de haber recibido su nacionalidad natal de nuevo y habiendo celebrado solemnemente, en 1989, la caída del muro de Berlín, con un concierto improvisado junto a los restos del muro.

Nunca podré olvidar a Slava y su violonchelo ante el Muro de Berlín en ruinas -proclamaba Riccardo Muti, director de orquesta.

        Daniel Alejandro Gómez ha querido recordar a Rostropóvich del siguiente modo:

Algunos dicen que el arte y la moral -o lo que se entienda por la última en cada caso particular- no pueden estar separados, y en el caso de Rostropovich, tanto de acto como de palabra, se puede afirmar, en los hechos, esa máxima: a la calidad musical se le unen asimismo sus conocidos compromisos políticos, sociales y humanitarios.

        Proveniente de una familia de músicos, su educación rusa, musical y vital, le suscitaría, no obstante, una relación de amor-odio con su patria, si bien el músico concluiría en que “no hay otro país que quiera más que a Rusia”. Precisamente, fue educado en el Conservatorio de Moscú, institución en la que luego sería profesor. Allí tuvo la suerte de ser alumno de dos de los músicos más reconocidos del siglo XX: Shostakovich y Prokofiev.

        Como violonchelista, más allá de su quehacer como director, es uno de los mejores del siglo pasado, para la mayoría el mejor. Y precisamente en un siglo que elevaría la importancia del violonchelo; un siglo en el que Rostropovich recogería el legado innovador de Pau Casals. De hecho, para las últimas generaciones, Mstislav Rostropovich resultó ser el símbolo del instrumento.

        Y en este último sentido nos queda la típica imagen que resume mil palabras.

        Es muy probable que nunca el violonchelo consiguiera tanta fama, ni tanto cariz mediático digamos, que con Rostropovich; y es por ello que resultó algo asaz simbólico cuando el célebre intérprete hizo sonar a su instrumento ante el propio Muro de Berlín, quedando en las retinas de todos, de esa manera, esa imagen que resume mil palabras que decíamos: una imagen, pues, perfecta de la biografía pública del fallecido maestro.

        De esa fusión del arte y de la moral que quiso ser-y acaso logró ser-la vida pública del maestro Mstislav Rostropóvich. (Daniel Alejandro Gómez)

        Y siguiendo con algunos aspectos musicales, Jose Mario Carrer, desde Sinfonía Virtual, ha querido contarnos su experiencia:

Ya las crónicas se encargarán de hablar de este notable personaje de la música. Mtislav Rostropovich (Slava). Solo deseo rendir mi homenaje como crítico musical argentino a este hombre que en vida, ya era legendario.

        Corría el 2001. Estaba en Florencia (Firenze) en el cierre del Maggio Musicale de ese año, que tenía la particularidad de festejar el 50º cumpleaños de la primera presentación del maestro Rostropovich en el famoso festival. El mismo se cerraba justamente con el maestro ruso dirigiendo la orquesta florentina. El repertorio era la Sinfonía nº 5 de Pedro I. Chaikowsky y la Sinfonía nº 5 de Dmitri Shostàkovich, éste, último amigo personal de Rostropovich.

        Escribí una larga, medulosa y loable crítica de aquel concierto, pero deseo recordar algunos aspectos de la misma.

<<No es fácil describir lo que hizo Rostropovich (73). El teatro estaba en silencio esperando su aparición en el escenario. Cuando sucedió, el aplauso atronador significó el calor con el que el público recibía a una de las grandes figuras de la música de este tiempo. Su dirección, impecable, nos decía que era uno de los pocos hombres en el mundo capaces de entender y transmitir el especial lenguaje de su patria. Es tremendamente vital y expresivo. Usa batuta solo cuando debe marcar el tempo para que nadie se salga de su visión estética. Las frases cantábiles (los "legati") son dibujados por ambas manos y por su comunicativo rostro. Domina todo lo que pasa en escenario, hasta el más mínimo detalle. Tiene la partitura en la cabeza y no la cabeza en la partitura, pues dirige de memoria. A pesar de sus años mantiene una envidiable agilidad. Es puro nervio. Al final de cada obra, antes de saludar al público, se ocupa de saludar con un abrazo y hasta un beso en las mejillas, a cada uno de los solistas y con particular entusiasmo a aquellos cuya labor fue descollante; por caso, el corno principal luego de una feliz, prolongada y conocida intervención en la sinfonía de Chaikovsky.

        Al final de la noche pude apreciar una de las ovaciones más extensas y emotivas que me toco vivir. Rostropovich salió una y otra vez a saludar y cuando ya llevaba cerca de quince minutos de aplausos de un teatro colmado, reapareció con su violonchelo a cuestas y el escenario vacío -pues la orquesta se había retirado. Se sentó, clavó el instrumento en el piso, en el borde del tablado, miró al público que había quedado de pié y hasta casi con timidez, anunció: Sarabanda, Juan Sebastian Bach.

        Las casi tres mil personas en el Teatro Verdi de Florencia, muchas con lágrimas en los ojos, vivimos esos momentos mágicos que perduran para toda la vida. Rostropovich había construido el milagro de una ejecución sin par>>. (Jose Mario Carrer)

        Vladímir Putin, actual y polémico presidente ruso que ahora lamenta el fallecimiento de Rostropóvich, estuvo presente en un acto-homenaje que se produjo en el Kremlin con motivo del 80 cumpleaños del violonchelista (27 de marzo del 2007). Allí, donde Mstilav compadeció con un aspecto febril (puesto que era muy reciente su penúltima hospitalización en el Centro Oncológico de Moscú), fue recibido al son de cien violonchelos. El presidente ruso afirmó públicamente que Rostropóvich era un claro ejemplo de que “el arte y la moral son inseparables”.

        Entre los innumerables premios concedidos a Rostropóvich destacan, amén de los ya dichos, algunos como el Polar Music Prize de Suecia (1995), el premio Príncipe de Asturias de la Concordia,que recibió en 1997 junto al virtuoso violinista judío Yehudi Menuhin, o el Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén (2004). Su último premio fue la Orden al Mérito, que recibió de manos de Putin en aquel homenaje citado. Además, era miembro de la Academia Europea de Yuste y de la Unión de Compositores Soviéticos, así como poseedor de treinta doctorados honoris causa procedentes de universidades de todo el mundo.

        Estos hechos son sólo un resumen de lo que Rostropóvich fue en vida. Esperamos haber puesto de manifiesto lo que Mstislav fue, un músico laudable, uno de los más dotados violonchelistas del mundo y un defensor de la libertad.

        El 12 de abril del 2007 tuvo que ser hospitalizado de nuevo en el Centro Oncológico, donde falleció el día 27 del mismo mes. Al acto religioso celebrado en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, se han unido intelectuales y personalidades conocidas de todo el mundo. Entre otros, se encontraban allí Putin o la Reina Sofía de España, que estuvo junto a la viuda de Rostropóvich, la soprano rusa Galina Vishnevskaya por la amistad que les une. También, junto a ellos, miles de personas se congregaron en el Conservatorio de Moscú donde estudió Rostropóvich, allí se celebró un acto muy emotivo en el cual se encontró el féretro acompañado de música orquestal hasta su traslado a la catedral. Recibiendo sepultura en el cementerio de Novodévichie.

(Daniel Martín Sáez)

 

1 Periódico oficial del Partido Comunista (1918-1991) de la Unión Soviética.



Escrito por Daniel Martín Sáez, Pablo Ransanz, Daniel Alejandro Gómez, José Mario Carrer y Antonio Domínguez Luque.
Desde España y Argentina
Fecha de publicación: Julio de 2007
Artículo que vió la luz en la revista nº 4 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505



 

 

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