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UN BILBAINO EN PARÍS (4/4)

Pablo Ransanz Martínez
Compositor

(Nº 4, JULIO, 2007)

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DIVULGACIÓN, CUENTO


SÉPTIMA Y ÚLTIMA PARTE

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- ¡Monsieur Arriaga…! ¿Se encuentra bien…? – preguntó Luigi Cherubini, al comprobar que el joven compositor se apoyaba torpemente sobre la mesa para permanecer de pie -.

- Sí, monsieur Cherubini… - acertó a decir con torpeza el bilbaíno -.

        Juan Crisóstomo perdió el conocimiento y cayó al suelo, instantes antes de que el Tribunal procediera a pronunciarse sobre su exposición oral en el Aula Magna del Conservatorio de París. Monsieur Fétis, madame Bouillot y el propio Franz Xaver Süssmayrr se apresuraron a socorrerle.

- ¡Monsieur Arriaga, responda…! ¿Puede escucharme...? – gritó Herr Süssmayrr al joven, tendido en el suelo -. ¡Diga algo, si me está escuchando…!

- ¿Hay algún médico en el Aula, damas y caballeros…? ¡Necesitamos un médico urgentemente…! – exclamó Luigi Cherubini, acercándose a Juan Crisóstomo y al grupo de colegas que intentaban ayudarle -.

- ¡Sí, aquí, Monsieur Cherubini…! ¡Soy médico...! – exclamó un hombre de mediana edad, mientras corría hacia el centro del Aula Magna -.

- ¡Rápido, monsieur, rápido…! Necesitamos saber qué le ocurre a nuestro músico… - y suspiró levemente -. Esperemos que se trate de un simple desmayo – añadió sin demasiada convicción -.

        Toda la sala se había puesto en pie, intentando averiguar qué era lo que le había ocurrido al compositor bilbaíno. Gritos y protestas se sucedían en el centro de la sala, ante el desconcierto generalizado. Desde su palco, las autoridades políticas parisinas que habían acudido al acto, se levantaron con rapidez y se encaminaron hacia la salida, aparentemente ajenas a todo cuanto estaba ocurriendo en ese preciso instante.

        Aquel médico había llegado hasta Juan Crisóstomo, abriéndose paso con dificultad entre la multitud que gritaba desconcertada. Fraçois Joseph Fétis y Luigi Cherubini habían avisado rápidamente a la policía y a los conserjes del Conservatorio, para que hiciesen todo lo posible por garantizar una evacuación ordenada y sin incidentes de todos los asistentes, desde el centro educativo hasta la calle.

- ¿Su nombre, monsieur…? – inquirió Fétis al médico, quien se encontraba arrodillado ante monsieur Arriaga, mientras le tomaba el pulso y escuchaba su respiración -.

- Jean Pierre Delacroix, monsieur Cherubini – respondió el aludido -. En cuanto he visto que monsieur Arriaga se desplomaba, he hecho todo lo posible para llegar hasta aquí y ocuparme de este joven… - prosiguió, lacónico -. Y, ahora, si me permite, he de decirles a todos ustedes que, tras una primera exploración, parece que monsieur Arriaga ha sufrido una lipotimia, propiciada en parte por el alto nivel de estrés emocional que ha venido padeciendo en los últimos días…

- Comprendo, monsieur Delacroix – respondió Franz Xaver Süssmayrr -. Entonces, ¿no se trata de nada grave…? ¿Podrá recuperarse en pocos días…?

- Eso espero, mi estimado compositor austríaco – respondió irónicamente monsieur Delacroix -. Ahora, lo que Juan Crisóstomo necesita es reposo absoluto, un lugar cómodo y silencioso donde poder recuperarse de este tremendo susto, y beber mucho líquido.

        Además – añadió el médico -, parece que monsieur Arriaga tiene fiebre alta, por lo que sería conveniente que alguien estuviese permanentemente con él durante las próximas horas. Si les parece oportuno, caballeros, podemos trasladarlo a mi domicilio, a tres manzanas del Conservatorio. Allí tengo mi consulta médica, y les prometo que este muchacho estará perfectamente atendido.

- Me parece una solución estupenda, monsieur Delacroix – respondió Luigi Cherubini -. Y Ustedes, ¿qué opinan…? – preguntó dirigiéndose hacia sus contertulios -.

- Creo que es la mejor solución en estos momentos – respondió madame Bouillot, quien se encontraba ayudando a monsieur Delacroix a recoger su instrumental médico -.

- También yo opino que deberíamos llevarle cuanto antes a la consulta de este buen hombre, monsieur Cherubini – apostilló Herr Süssmayrr -. He contraído una obligación moral hacia este joven, y permaneceré en París hasta que se recupere. Además, es una oportunidad única para intercambiar experiencias y conocimientos con este músico portentoso… - su voz se tornó trémula al decir esto último -.

- De acuerdo, damas y caballeros – concluyó Fétis -. Dispongan de todo lo necesario para trasladar a Juan Crisóstomo a casa de Jean Pierre Delacroix.

        El Aula Magna había sido completamente desalojada con orden y sin altercados importantes, así que tan sólo siete personas permanecían en aquellos instantes alrededor del músico español. Entre ellos, se encontraba monsieur Dupont, casi inmóvil y visiblemente afectado. Intercambió algunas impresiones con monsieur Fétis y abandonó el Aula Magna.

        En cuanto llegó la policía, Fétis, Cherubini y Herr Süssmayrr se prestaron a declarar sobre lo sucedido, para que monsieur Arriaga pudiese ser trasladado con urgencia al domicilio del médico parisino que velaba por su salud en aquel momento.

        En tan sólo media hora, Juan Crisóstomo se encontraba en una habitación amplia y silenciosa, acostado en una cama confortable y rodeado por sus Profesores y colegas. El compositor austríaco Süssmayrr apenas se había movido del cabecero de la cama, mientras aquel joven, de aspecto un tanto frágil y enfermizo, dormía plácidamente. Todo había quedado en un gran susto sin mayores consecuencias.

        Monsieur Delacroix pidió a todos los presentes que permitiesen que monsieur Arriaga pudiese descansar tranquilo, sin más compañía que la de un pajarillo que había entrado por la ventana del dormitorio, posándose encima de las sábanas de la cama. El médico comprobó que la fiebre comenzaba a remitir, así que redujo la dosis de analgésicos que había venido suministrando a su paciente durante las últimas horas. También procuró inspeccionar a fondo el pie derecho del muchacho, dañado levemente en el cuarto metatarsiano, tras haber sido aplastado por la rueda de aquel carruaje durante la mañana.

        Sobre las nueve de la noche, Juan Crisóstomo se despertó. Durante los primeros segundos, se asustó al encontrarse completamente desubicado. La cabeza todavía le dolía, y apenas podía enfocar correctamente los objetos que le rodeaban. La mirada penetrante de aquel hombre que estaba sentado a los pies de la cama tampoco le resultaba familiar.

- Querido monsieur Arriaga – dijo entonces Fétis -. Nos ha dado Usted un buen susto, jovencito… ¿Es consciente de ello…?

- Monsieur Fétis… ¿Es Usted…? ¿Qué hago aquí…? ¿Qué ha pasado…? – preguntó desconcertado el músico bilbaíno, girando la cabeza hacia el origen de la voz-.

- Nada grave, estimado Maestro Arriaga – respondió Fétis, mientras que se acercaba más a la cama, mirando a los ojos a su pupilo -. Tan sólo ha sido un desmayo. Ha soportado demasiada tensión durante estos días, monsieur… - y le dedicó una sonrisa cómplice y cariñosa -.

- Tan sólo tengo algunos vagos recuerdos de todo lo que ha sucedido antes de caer al suelo… - suspiró Juan Crisóstomo -.

- Debería habernos contado lo del incidente con el carruaje, monsieur Arriaga – se apresuró a decir Herr Süssmayrr -. Y añadió con cortesía: el médico aquí presente, monsieur Delacroix, se ha visto obligado a entablillarle el cuarto dedo de su pie derecho…

- Ya me he dado cuenta de ello, Herr Süssmayrr – respondió con voz débil el músico bilbaíno -. Apenas puedo apoyar el pie por el intenso dolor. Pero mi obligación era comparecer hoy ante el Tribunal… Se trataba de una oportunidad extraordinaria para mi futuro…

- ¡Y a fe mía que lo será, monsieur…! – le interrumpió con voz emocionada Luigi Cherubini -. Estoy convencido de que el veredicto del Tribunal será favorable, y estoy completamente seguro de que podrá ampliar sus estudios sobre armonía mozartiana y publicar sus tesis, querido Amigo…

- Gracias a todos Ustedes, profesores y colegas… - dijo emocionadamente Juan Crisóstomo -. Su apoyo ha sido determinante para la consecución de esta meta tan importante. ¿Cómo podría expresarles mi gratitud…?

- ¿Componiendo una segunda sinfonía, tal vez....? – ironizó Fétis -.

 

Escrito por Pablo Ransanz Martínez
Desde España
Fecha de publicación: Julio de 2007
Artículo que vió la luz en la revista nº 4 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505



 

 

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