head
Agregar Sinfonía Virtual a Favoritos Citas Célebres Vínculos Contacto

 

MÚSICA: MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DE LA RAZÓN
Daniel Martín Sáez

Cuando no me ve nadie, como ahora, gusto de imaginar a veces si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas.
(Antonio Buero Vallejo)


Resumen: En este artículo se esbozan las pinceladas de un pensamiento romántico cuya conclusión puede ser resumida en una frase: la música encuentra su lugar allí donde la razón encuentra su límite. Para ello, se abordarán los motivos por los cuales sólo la música –o ésta de forma especial- podría haber sido concebida como portadora de las características que hacen posible el conocimiento más allá de los límites de la razón y el lenguaje. Aunque lo haremos desde su perspectiva, pondremos ejemplos actuales con el objetivo, que sólo se conseguirá muy superficialmente, de dotar al lector de ciertas intuciones sobre lo que el romántico pensaba. De este modo se espera producir un acercamiento de los lectores a las teorías musicales del siglo XIX.

Cuando en el neolítico el ser humano pasó a ser lo que es, un animal simbólico, el arte dejó de representar una simple imagen para representar la esencia de las cosas, y, junto con el lenguaje, empezó a constituir un modo de representación de la simbología humana, esto es, de su modo de ver el mundo. A partir de entonces el artista pasa de representar lo que ve a representar lo que piensa: en pintura, “un hombre se caracteriza por la adición de armas; una mujer, por la de dos hemisferios para los senos”. De algún modo, y esperando que esto nos sirva de ejemplo, de aquí se derivará la apología del arte mantenida en las teorías simbólicas: el arte modifica lo representado, no como simple copia referencial, sino como explicación original, dotada de nuevos significados. El arte, que a partir de entonces ya no es una simple representación, sino un pensamiento acabado que añade conocimiento a lo representado, pasa a estar dotado de contenido ontológico. Ese cambio, que conocemos como el paso del paleolítico al neolítico y que ha sido tildado por autores como el ilustre historiador del arte Arnold Hauser como “el corte más profundo que ha existido en la historia de la humanidad” , es sin duda determinante a la hora de definir lo que el arte es para el ser humano. El hombre como un animal simbólico; ninguna otra característica antropológica es superior ni más importante que ésta. Desde aquel momento, el arte en general, y especialmente la música, sería para nosotros un acercamiento a lo que más anhelábamos, a nuestros deseos más profundos como humanos: los dioses (ritos), la purificación (buscada por los griegos), el conocimiento, etc., y sin duda la música lo hacía mejor que otras artes, y de un modo distinto a como lo hacía el lenguaje hablado. La ausencia de un lenguaje traducible o el ser un arte no visible fueron sin duda efectos cautivadores, místicos, esotéricos, que dotaron a la música de cierto encanto y superioridad respecto a otras artes. Las pinturas y los colores con que éstas se representaban no eran para ellos, ni para nosotros, nada excéntrico: vemos colores cada día y escenas que podrían ser perfectamente el tema de un cuadro. Incluso ahora, con la evolución de la pintura abstracta o la arquitectura deconstructivista tenemos la impresión de estar frente a una realidad que ya conocíamos, acaso cambiada o deformada. Esto se debe, entre otras cosas, a que la vista ha sido para nosotros el instrumento de conocimiento más fiable y el que, de algún modo, más hemos valorado de todos; y esto es algo que desde Aristóteles (384 a 322 a. C.) se ha tomado como algo irrefutable: “la vista es de todos nuestros sentidos, el que nos hace adquirir la mayor cantidad de conocimientos y nos descubre las mayores diferencias” . Incluso en el lenguaje hemos añadido este pensamiento: cuando vamos a un concierto se nos pregunta no si hemos escuchado sino si hemos visto a tal o cual filarmónica. Somos capaces de reconocer en un instante cualquier objeto anteriormente visto. En cambio, no pasa lo mismo con los sonidos; nos es mucho más complicado adivinar qué objeto cae al suelo por su sonido que si lo viéramos caer, si bien tampoco los sonidos que oímos normalmente son los sonidos de la música. La música no posee en sí ninguna característica en la que apoyarnos, o, al menos, no en tanto grado como se observa en las demás artes. Todos conocemos el caso de Congo, aquella chimpancé que llegó a ser admirada como pintora por autores como Picasso o Miró, que incluso tuvieron la osadía de poseer algunos de sus lienzos (en la imagen). El mismo Salvador Dalí afirmó, quizás de forma irónica, la supremacía de Congo frente al loable pintor Jackson Pollock. De modo distinto, cuando Velázquez pintó Las Meninas había visto a sus personajes y, bajo una insigne imaginación, logró plasmar su idea de un modo encomiable. Pero, ¿qué escucha el músico? ¿Por qué cosas está condicionado al realizar sus composiciones? ¿Quizás lo que escucha un músico es muy distinto a lo que vería un pintor o, si me permiten la broma, un mono?

A partir de ahora será lícito recordar a los lectores algunas razones por las cuales pienso que la música llega más allá de los límites de la razón, y si bien acepto que otras artes tienen esa misma disposición, tampoco dejo de afirmar que en algunos respectos la tienen en menor grado que la música.

Tal como la concebían los románticos, la música mantiene un contacto natural con nosotros mismos de un modo que otras artes no podrían. Habiendo hablado de las artes visuales, sólo tiene más importancia en los humanos el lenguaje, del que hablamos a continuación. En las últimas reflexiones filosóficas se ha hablado en exceso sobre el lenguaje, hasta el punto de llegar a lo que se ha denominado el “giro lingüístico”. De algún modo, en el siglo XX la filosofía cuestionó su propio método al observar que, siendo el lenguaje el modo en el cual la filosofía se expresa (así como, por supuesto, todo razonamiento), sería una obligación estudiar sus límites, pues podría constituir encontrar los límites del propio conocimiento filosófico. De hecho, argüían con razón, muchos de los problemas filosóficos podrían no ser más que simples enredos producidos por una mala utilización del lenguaje. Otros, mucho más atrevidos, afirmaron incluso que todos los problemas filosóficos se reducían a éste (el lenguaje). Todo esto se traduce, finalmente, en que el lenguaje nos condiciona, algo a todas luces evidente que ya Platón quiso resolver encontrando un lenguaje universal para hacer posible la filosofía (de lo cual se discurre en Crátilo). Por tanto, y esto es algo que podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, la mayoría de lo que desde el lenguaje se exprese estará condicionado por visiones tan falsas como verdaderas, y habrá que ser muy precavido para no equivocarse. Un claro ejemplo de todo esto lo aporta el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien explicaba cómo nunca nos desembarazaríamos de Dios por culpa de la gramática , pensando el lenguaje como un “edificio de telarañas” sobre el que estaba constituido, con riesgo de caer, el conocimiento . En resumen: siendo el ser humano un ser racional y cuya razón se expresa intrínsecamente por el lenguaje, encontramos en éste no sólo el medio del que la razón se vale para sus pesquisas, sino también su límite -véase el adagio wittgensteiniano: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”.

La argumentación que se desarrollaría es, entonces, que la música, bajo la suerte de estar exenta de un medio tan condicionado como el propio lenguaje (tal como acabamos de ver) o la pintura (condicionada por las formas que estamos habituados a ver continuamente, así como por su incesante uso), tiene la capacidad de llegar más allá de donde llega la razón, y que además lo hace mejor que otras artes.

En fin. Ríos de tinta han corrido en torno a la comunicación musical. Afirma el pianista Daniel Barenboim, en un libro escrito y publicado junto al ilustre Edward Said titulado Paralelismos y Paradojas, reflexiones sobre música y sociedad, que la música “es diferente de la palabra escrita porque sólo existe cuando hay sonido”, de modo que la Quinta sinfonía de Beethoven “sólo existe cuando una orquesta, en algún lugar del mundo, decide interpretarla”. Cabría añadir que esos sonidos no son locuciones traducibles y que el hecho de no escucharlos hasta que no sean interpretados implica que se trata de un arte especial. Aristóteles, como un ejemplo laudable, realizó un escrutinio en torno al cual la música se hacía imprescindible para la educación. El concepto de arte de Aristóteles sigue siendo, como en Platón, el de mimesis. Pero lo más interesante es que, en su opinión, era la música el arte más imitativa de todas, lo cual le llevó a afirmar que “la música tiene un poder formativo del carácter y debería por ello introducirse en la educación de los jóvenes”. Esto es algo que los románticos plantearían por cuenta propia. Así, el propio Rousseau afirma que la música imita incluso los sentimientos, lso cuales permanecen en buena medida inaccesibles a la pintura, que sin embargo imitaría de forma magnífica la naturaleza. Platón, por su lado, mucho más conservador, pero muy convencido respecto al poder de la música, afirmaba que “no se pueden remover los modos musicales sin remover a un tiempo las más grandes leyes”. Eso por no hablar de las teorías pitagóricas. Por su parte, Schopenhauer (1788-1860), que identificaba la música con la voluntad misma, afirmó que “la música nos habla de manera más inteligible que cualquier otro idioma”, y que “supuesto que fuese posible una perfecta explicación de la música, exacta, plena y capaz de llegar a lo singular, es decir, si fuese posible dar una repetición exhaustiva en conceptos de lo que la música expresa, ésa sería al mismo tiempo una repetición y explicación suficiente del mundo... es decir, sería la verdadera filosofía” . Este es, pues, el primer valor que debemos darle a la música y que sólo ésta encuadra como arte: el poseer, acaso en parte, la explicación del mundo mediante el sonido. De ahí que la música, para los románticos, se encontrase más allá de los límites del conocimiento racional poniéndonos en contacto con aquello situado allí donde nuestra razón no es capaz de llegar. Sin embargo, es obvio que nunca tendremos la capacidad de conocer aquello que está más allá de los límites de nuestra razón, de modo que la música sería, si se quiere, un contacto. En cualquier caso, tendremos siempre el apoyo de la música para aquello a lo cual nuestra razón se siente limitada, y, aunque con ella seguiremos sin conocerlo de forma estricta, gracias a ella estaremos en contacto con una realidad incognoscible: de ahí quedarían explicados varios de los efectos provocados por la música, como la catarsis o el placer con que nos obsequia a los diletantes. Así pues, a medida que avance la música más cerca estaremos de aquello que como animales racionales nos queda tan lejos. Sin duda los griegos nos habrían culpado de hybris por tales sentencias. Pero nos consolaremos sabiendo que Dios no castiga por ello, o no sabe hacerlo, valiéndonos como ejemplo la torre de babel, pues seguimos entendiéndonos con la música y nuestra torre es ya mucho más alta que aquélla.

De este modo, la complejidad de la música coincide con la comprensión de la complejidad del universo, y la música es tanto más compleja cuanto más cambia y evoluciona, pues es entonces cuando nuestra capacidad se hace más amplia, cuando nuestros modos de percepción son menos limitados y nuestro conocimiento sobre el mundo es más extenso. Pues no sólo el lenguaje o el pensamiento racional son medios de conocimiento. La pintura se expresa mediante formas que conocemos o cuya asimilación es, en principio, fácil de acatar, lo mismo pasa con el teatro, la arquitectura o la escultura, hábito que hace que nuestra expresión mediante ellos esté más condicionada, más cercana al lenguaje. Es la música la que se expresa de un modo más excéntrico y original. De modo que su extravagancia hace que nos sintamos pequeños, inválidos, desconocedores ante cualquiera de sus manifestaciones, como en un abismo; es por ello que su re-conocimiento se presta como el más complejo y que sólo unos pocos se atrevan a indagar sobre ella. En otras palabras, la expresión musical es la menos legible debido a que su forma de comunicación está muy alejada de los modos en los que estamos acostumbrados a expresarnos habitualmente; más aún cuando la complejidad que la música comporta dentro de sí está más allá de los límites estrictamente racionales. Por todo ello, y esto es una simple nota en la que habría que reflexionar más a fondo, las discusiones de John Cage en música o Marcel Duchamp como representante del arte conceptual en general, se quedan, en mi opinión, muy lejos de lo que el arte puede darnos más allá de dicho límite, pues, aunque en otros campos pueden sernos extremadamente útiles, han hecho del arte algo puramente convencional (aunque parezca paradójico) al aceptar la idea pensada como base de sus creaciones.

En definitiva, diremos que la música, aún aceptando sus distintas expresiones (siempre determinadas por el lugar y el tiempo en que el compositor nace), es tan abstracta e inteligible que el conocimiento que aporta es harto superior al de cualquier otro modo de expresión artístico. De modo que, arte de las artes, la música es un medio de conocimiento y expresión que supera los límites en los cuales el conocimiento racional queda estancado. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras, la realidad no es reducible a nuestro limitado raciocinio, y podrá decirse –y algunos dirán- que esas cosas  no las sabemos, pero la música hace posible que nos codeemos con esas cosas, deleitándonos con tanto placer como sabiduría.

 

NOTAS A PIE DE PÁGINA

HAUSER, A. Historia de la Literatura y el Arte. RBA. Barcelona: 2005

ARISTÓTELES, Metafísica. Madrid. Sarpe: 1985

“La “razón” en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática” (NIETZSCHE, F. El crepúsculo de los ídolos)

NIETZSCHE, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

Véase para Pitágoras MARTÍN SÁEZ, D., “Pitágoras y la música como perfección, el universo explicado como armonía”, en Sinfonía Virtual, 3(2007) y, para Platón, MARTÍN SÁEZ, D., “Grecia Antigua: la evolución de la música en el génesis de la civilización occidental”, en Sinfonía Virtual, 5(2007).

SCHOPENHAUER, A. Parábolas, aforismos y comparaciones. Círculo de Lectores. Barcelona: 1995


BIBLIOGRAFÍA

- LIBROS

ARISTÓTELES, Metafísica. Sarpe. Madrid: 1985

COPLESTON, F. Aristóteles: vida, pensamiento y obra . Ariel. Madrid: 2004

SCHOPENHAUER, A. Parábolas, aforismos y comparaciones. CDL. Barcelona: 1995

NIETZSCHE, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

NIETZSCHE, F. Crepúsculo de los ídolos. Alianza. Madrid: 2006

- ARTÍCULOS

MARTÍN SÁEZ, D., “Pitágoras y la música como perfección, el universo explicado como armonía”, en Sinfonía Virtual, 3 (2007)

MARTÍN SÁEZ, D., “Grecia Antigua: la evolución de la música en el génesis de la civilización occidental”, en Sinfonía Virtual, 5 (2007)

 

 

Escrito por Daniel Martín Sáez
Desde España
Fecha de publicación: Enero del 2008.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0006 de Sinfonía Virtual.

 


Documento sin título