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SIBELIUS: UN COMPOSITOR NADA MODERNO PERO NADA ACADÉMICO
Domenec González de la Rubia

Es curioso como cambia la dirección del viento. A veces sopla de un lado y cuando uno menos se lo espera, gira drásticamente y nos sorprende cambiando de trayectoria. La estética y la critica (perdonen si las he unido, pues son bien diferentes) a veces se comportan como los vientos y es por eso que en ocasiones parecen variar de postulados tanto como el viento lo hace de dirección. Hoy nos hace reír, o quien sabe si también cierta pena, lo  que se dijo hace años sobre determinados autores. Los casos de Wagner, Meyerbeer o Puccini son paradigmáticos. Los de Schoenberg  o Ives tampoco se quedan cortos. Otro autor cuya apreciación crítica ha cambiado drásticamente es la del compositor belga Paúl Gilson. Rafael Mitjana se refería a él casi como un genio pero hoy día apenas se le conoce fuera de su país. Si hablásemos de literatura la lista de autores seria interminable. En el fondo, mucho de lo que se dijo de bastantes creadores y de sus obras, las palabras que acerca de ellos se escribieron, se las llevó el viento. Es por eso que palabras y viento parecen a veces comportarse del mismo modo. Precisamente, uno de los compositores más afectados por estos cambios de dirección del viento de la crítica, es Sibelius. Recordemos lo que decía acerca de él Adorno, aquel que escribía música en sus ratos libres y que nos regalo con una de las glosas más pendencieras de la modernidad. Adorno incluso afirmaba que Sibelius era un chapucero musical. No exagero, sus palabras son bien elocuentes al respecto. Decía que

las sinfonías cuarta y quinta presentan un aspecto beocio y mísero y que el nivel técnico de su escritura estaba retrasado respeto al nivel de su época.

Como cualquiera puede apreciar, las palabras de Adorno son pura falacia y además están escritas desde el resentimiento. Para que seguir. Total: Sibelius es Sibelius y Adorno, ya se sabe. Pero en los comentarios de Adorno subyace un aspecto que no solo él, sino una enorme multitud de compositores, intérpretes y estetas han ido repitiendo desde hace mucho. Este aspecto es el que otorga marchamo de cualidad a obras consideradas como vanguardistas, mientras que a las de factura clásica se las valora como inferiores, de segundo orden. En este sentido, no solo Sibelius, sino Shostakovich, Kachaturian, Britten, Puccini, Copland y tantos otros, fueron observados con desconfianza por comentaristas que solo aceptaban de buena gana aquellas obras en las que se reflejaban aspectos considerados como especulativos, arriesgados o vanguardistas repudiando por mediocres, poco imaginativas y meramente testimoniales, las de aquellos autores que ya tenían bastante con el lenguaje aprendido de sus ancestros. Por momentos, se  confunde tradición con conservadurismo y profundidad con aburrimiento. El problema que se les presentaba en aquel momento y que ahora se demuestra como implacable es que el tiempo, siempre coloca las cosas en su sitio y que lo que hace que las obras permanezcan en el repertorio no son ni su supuesta modernidad, ni tampoco su lenguaje supuestamente vanguardista, sino pura y simplemente lo que podían aportar a la emoción o al intelecto del oyente como individual y único. Además, no nos engañemos, las sinfonías de Sibelius, a pesar de su armonía de base tonal, representa un planteamiento formal u orquestal tan legitimo como el que representa la Escuela de Viena. En algunos casos mas arriesgado incluso. ¿O acaso su Séptima sinfonía no es formalmente menos tradicional que muchas de las obras escritas en su misma época por autores teóricamente más avanzados?. El problema no es pues el aspecto formal o el contenido del mensaje expresado intuitivamente en la partitura, sino la manía que algunos tienen en relacionar tonalidad con conservadurismo y atonalidad con modernidad. A estos les diría yo que sé andasen con cuidado y que me explicasen que piensan de un compositor tan poco clasificable como Erik Satie. También les recordaría que cada obra musical, además de la armonía, pone en juegos demasiados elementos, como para despacharse esgrimiendo aseveraciones, como mínimo, arriesgadas.

El caso es que Sibelius es un grandísimo compositor cuyas obras, lejos de perder popularidad, se afianzan paulatinamente mientras despectivas van observando como caen los gloriosos cadáveres musicales de los que ahora ya nadie se acuerda. Pero el caso de Sibelius es el mismo de tantos otros compositores vilipendiados agriamente por el mero hecho de componer música siguiendo más o menos fielmente las pautas de la tradición. Tradición, ¡qué palabra tan peligrosa cuando se pronuncia sin sentido!. Existe la supuesta tradición de interpretación instrumental (es igual el instrumento del que hablemos ya que cada uno tiene la suya), existe la supuesta tradición centroeuropea de la dirección de orquesta (como si a los no centroeuropeos nos interesara un carajo esa tradición), la tradición de la composición occidental, la tradición de llevar determinadas ropas en los conciertos. Así, a fuerza de estudiar las tradiciones ajenas nos olvidamos de la nuestra. A fuerza de querer repetir la historia de los otros (sea antigua o reciente) nos olvidamos de la propia. A fuerza de no querer parecer anticuados, nos convertimos en esperpentos de la modernidad. Bien, pues Sibelius hizo precisamente eso que a muchos les es difícil de entender: continuar la tradición que animó musical y culturalmente su país durante decenios.  Bien pensado es lógico que corran en contra de Sibelius y tantos otros malos tiempos ya que estamos en una extraña época en la que prima la internacionalización. Por eso, hoy día las orquestas aspiran a sonar iguales en Shangai, Melbourne, Barcelona o Nueva York. Aspiran a ese indeterminado sonido internacional que ahora disfrutamos y que son una mala copia de los sonidos de Berlín, Viena o Londres. ¿Recuerda alguien cuando desde los primeros compases era posible reconocer a una orquesta o a un director sin ningún atisbo de duda?. Y eso por no hablar de los solistas. En la composición sucede tres cuartos de lo mismo. Algunos escriben en un estilo internacional que podría haber sido escrito tanto en una parte del mundo como en otra. Que más da. Lo importante es ser fiel a una falsa tradición, obviando naturalmente, la propia. Pero digresiones aparte, actualmente ¿cuál es la reputación de Sibelius como compositor? ¿Qué lugar ocupa a los 50 años de su muerte?. La respuesta solo puede ser una: su salud como autor reconocido, interpretado y valorado, no solo se ha mantenido a lo largo de los años sino que ha aumentado ostensiblemente. Las características de su música, que antes parecían poco originales se nos presentan ahora como frutos de una enorme coherencia artística. La evocación de la naturaleza, la precisión formal, la orquestación transparente sin excentricidades ni fáciles abalorios, los contrastes entre las secciones, cierto aire popular, el amor por la mitología, todo ello, se valora como positivo, como fruto de la persistencia de un artista en sus propias convicciones. A principios del siglo XX y gracias a la dedicación de Richard Strauss, Hans Richter, Toscanini o Weingartner, su música se difundió por toda Europa con enorme éxito aunque poco a poco, se produjo un fenómeno que a veces ha sucedido en otros casos. Si bien a finales del siglo XIX y principios del XX, sus obras fueron consideradas incluso avanzadas, a partir de la década de los años veinte muchos empezaron a considerarlas como antiguallas. Por si fuera poco, el propio Sibelius se hizo más clásico, orquestando sus obras con economía de medios y presentando temas melódicos de pasmosa sencillez. Sin embargo así y todo, su Cuarta sinfonía fue considerada muy moderna. En Norteamérica la presentó Toscanini quien ante la sorpresa indignada del público optó por repetirla de nuevo.  

Paradójicamente, tras una trayectoria plena de éxitos, las ultimas tres décadas de la vida del compositor presentan aun ciertos enigmas. Uno de ellos es su falta de creatividad en esos años. Hay quien dice que su Octava sinfonía no vio la luz porque él mismo decidió que no valía la pena ofrecerla al público, ya que a esas alturas había dicho en sus obras anteriores lo que ahora solo seria una redundancia innecesaria. Pero esta explicación es poco satisfactoria. Su Séptima sinfonía, que alguien consideró exageradamente como la Novena del siglo XX, nos muestra a un compositor pleno de facultades, de imaginación, de fuerza, dueño de un caudal de enorme expresividad y belleza. Más lógico es pensar que Sibelius, ante los derroteros que había ido adquiriendo la música europea se viese a sí mismo como un anacrónico, como alguien fuera de su tiempo.

Bien, no nos extrañemos tanto, estas cosas pasaron y siguen pasando. Hay todavía quien se cree que modernidad y atonalidad van prendidas de la mano o que creatividad y vanguardia deben ser lo mismo. Polémicas estéticas aparte, el público sigue admirando la precisión de la estructura en las obras de Sibelius, la sabiduría en el manejo de las masas orquestas, sus melodías o la intensa emotividad de su discurso. Por todo eso y mucho más, Sibelius, ese compositor nada moderno pero nada académico, nada vanguardista y nada conservador, merece el puesto de honor que ahora ocupa. Los auditorios seguirán escuchando otros cincuenta y otros cien años más sus sinfonías, sus poemas sinfónicos, sus obras corales, su concierto para violín y descubrirán obras de su catalogo poco conocidas. Por eso, cuando leáis los comentarios de Adorno acerca de Sibelius, pensad en la trágica desaparición de los dinosaurios o en las ruinas de la fastuosa Palmira... Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Cuando eso ocurra, cuando nadie pise ya este planeta, la música de Sibelius seguirá sonando pletórica y fastuosa.

 


Escrito por Domenec González de la Rubia
Desde Barcelona (España)
Fecha de publicación: Abril del 2008.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0007 de Sinfonía Virtual


 

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