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SCHOPENHAUER Y WAGNER
Domènec González de la Rubia

Como es sabido, en el sistema filosófico de Schopenhauer la música posee un protagonismo inusitado. La importancia que este arte alcanza en el pensamiento del filósofo alemán es tal que incluso podría afirmarse que en ella se encierra una de las principales claves de su pensamiento. Como flautista  y ferviente melómano, los comentarios que Schopenhauer dedica a la música destacan por su apasionamiento, por su extraordinaria agudeza y a veces también, por una cierta ingenuidad. Pero esta ingenuidad no es sólo patrimonio de Schopenhauer, en realidad, otros pensadores que también fueron melómanos aficionados incurrieron en las mismas superficiales afirmaciones. La diferencia entre Schopenhauer y los demás filósofos de su tiempo radica en que él fue quien dio más importancia a esta manifestación artística.

Algo similar, pero a la inversa, le sucedió a Richard Wagner, quien por encima de todo fue un gran compositor que por momentos jugó a ser filósofo. Pero la importancia de su aportación teórica no es comparable con su impresionante legado musical. Es cierto, pueden contarse con los dedos de la mano aquellos escritos de Wagner en los que la profundidad de las ideas y la manera en la que éstas se exponen, sea equitativa. Wagner fue sobretodo músico, un músico tan grande que con su arte influyó no sólo a muchos de sus colegas sino también a la intelectualidad de su tiempo, pero como pensador, a pesar de la profunda intuición que demostró en ocasiones, rayó a un nivel mas modesto y ello a pesar de que libros como El Arte y la Revolución (1849), La obra de Arte del Porvenir (1850) y Opera y Drama (1851), aún pueden leerse con verdadero interés, lo cual no es poca cosa si tenemos en cuenta la cantidad de escritos sobre estética musical que desde aquella época se han publicado.

Wagner se interesó por la filosofía de manera regular durante su estancia en Dresde como Kapellmeister, aunque ya hacía algunos años que había tenido con ella un contacto esporádico, especialmente a través de sus lecturas de obras de Hegel. Fue en los meses previos a la revolución de 1848 cuando su espíritu se inflamó con las ideas izquierdistas de Bakunin y con los postulados, en aquel momento revolucionarios, de Feuerbach. El mismo Wagner escribió en Mein Leben lo siguiente:

"No obstante, mis profundos y cautivadores estudios de Historia habían sido el punto de partida con que el último periodo de mi estancia en Dresde traté de proseguir esa inveterada tendencia de mi espíritu. La obra de Hegel sobre la Filosofía de la Historia, me sirvió, sin duda, de introducción a la filosofía propiamente dicha, y encontré en ella no pocas cosas, ante las cuales me inclinaba. No me cabía la menor duda de que ese camino me conduciría finalmente hasta el tabernáculo del santo edificio filosófico. Y cuanto más incomprensibles se me presentaban las conclusiones con que aquel espíritu profundo y poderoso discernía todo conocimiento superior, tanto más me aplicaba en ahondar en la cuestión de lo "absoluto" y cuanto a él se refiriese" 

Aunque en estas líneas no aparezca el nombre de Feuerbach, hay constancia de que este filósofo fue el primero que  influyó su pensamiento, hasta el punto de ser el destinatario de la dedicatoria de su primera obra teórica importante La Obra de Arte del Provenir.

Aunque ahora lo nieguen algunos apologistas wagnerianos y a pesar del cambio que experimentarían sus ideas en el futuro, Bakunin, al que llegó a conocer personalmente, fue otro de los pensadores que permanecieron en su memoria como un ejemplo de honestidad y coherencia ejemplares, tanto que desplazó de sus preferencias al comedido Feuerbach. En efecto,  cuando el compositor leyó su último libro titulado ¿Qué es la Religión? perdió definitivamente su favor. Wagner, que ya comenzaba a tener sus propias ideas al respecto, se vio así decepcionado por un autor que justificaba la creencia en las religiones al considerar que ello era inherente al espíritu humano.

Wagner, que era un lector insaciable que "devoraba" todo texto que caía en sus manos, también conoció superficialmente la obra de Kant entre otros autores menos importantes.

Ya desde los años de su juventud había leído a los clásicos, a los que admiraba profundamente y su cultura podía considerarse como la de un artista ilustrado. A pesar de su precoz anhelo por figurar en el parnaso de las celebridades musicales, Wagner fue entre los grandes compositores, el que se formó más tardíamente. Es por esta razón por la que escuchando sus primeros trabajos resulta difícil vislumbrar su posterior maestría. De hecho, en sus primeras composiciones se muestra muy por debajo de la perfección técnica de otros autores que después no demostrarían un vuelo creativo como el suyo. Pero hasta en sus trabajos primerizos, Wagner expone fuerza, notable invención melódica, pasión y sobretodo genio.

Podríamos considerar su evolución como atípica. Como si fuese una esponja, su espíritu absorbió el ambiente cultural y musical de su tiempo en una obra irrepetible que acabaría por imponerse aún a pesar de los inmensos obstáculos que hubo de superar. Ya en la madurez, además de como el más grande músico de su tiempo, Wagner se vio a sí mismo como un filósofo que expresaba sus teorías en dramas musicales que englobaban las diferentes artes en un todo único, en una síntesis que significaba el triunfo de una nueva "forma" de expresión en donde la que la música gobernaba soberana: la Gesamtkunstwerk. No obstante, a pesar de su que él mismo y muchos de sus contemporáneos le considerasen un pensador del más alto nivel, Wagner fue sobretodo un compositor, un creador puro, que también jugó a ser filósofo y literato aunque en estos campos pocas veces consiguiese traspasar el umbral de la inmortalidad. De todos modos, tampoco deberíamos minusvalorar a Wagner por esta circunstancia. Ningún otro músico llegó a influir tanto como él en la sociedad, ni tampoco ningún filósofo comprendió la música con la profundidad que él demostró y ello a pesar de la existencia de muy buenos comentaristas en esta materia.

Así, en su misma época, filósofos como Schopenhauer o Nietszche, entendieron muy bien el influjo que la música ejercía sobre el espíritu humano, pero sus escritos, aún siendo valiosos, se refieren sólo a un aspecto de la música, a su contenido, y apenas hablan de su aspecto formal. Hablan de ella desde el exterior, como sujetos pasivos, como experimentadores de sensaciones y nunca (a pesar de que ambos poseían algunos conocimientos musicales) como auténticos artistas-compositores ya que carecían del genio musical necesario para experimentar el parto doloroso que representa el acto creativo. Mientras que Wagner admiraba al genio torturado y sobrehumano de Beethoven, Schopenhauer reconocía el talento hedonista de Rossini y Nieztsche se perdería en la musa brillante de Bizet. Estas preferencias nos muestran dos perspectivas diferentes del concepto de genialidad: la del poderoso olimpismo de Beethoven, frente a la brillante luminosidad del genio latino. La del poder metafísico de las tinieblas y del misterio de la Luna, frente a la claridad de las soleadas planicies mediterráneas.

En realidad Schopenhauer y Nietzsche, se nos muestran tan diletantes como músicos, como Wagner filósofo, pudiéndose afirmar que Wagner es genial como músico y  mediocre como filósofo de la misma manera que los penetrantes filósofos que fueron Schopenhauer y Nietzsche se revelaron como mediocres músicos. Así y todo, sí sopesáramos el valor absoluto de las aportaciones que los tres hicieron  a la estética musical, tal vez llegaríamos a la conclusión de que Wagner saldría el mejor parado de los tres ya que supo armonizar más equilibradamente que los dos pensadores citados, música y filosofía. Puede que sea por esta razón por lo que la influencia de Wagner sobre el pensamiento de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX fue infinitamente más grande, en el ámbito musical, que la de Nietzsche o Schopenhauer y ello aunque tal como afirmó Nietzsche en El Caso Wagnerel beneficio que debe Wagner a Schopenhauer es inapreciable. El filósofo de la decadencia ha hecho volver en sí al artista de la decadencia". Como de costumbre, Nietzsche no se equivocó, aunque tampoco Wagner escondió la cabeza como un avestruz para ocultar esta circunstancia, ya que en todo momento reconoció su deuda con el filósofo de Danzig.

Por tanto, está fuera de duda que la influencia más poderosa que intelectualmente sufrió Wagner fue la de Schopenhauer. Las evidencias así lo demuestran.

Después de haber acabado el primer acto de La Walquiria, en 1854, Wagner escribió un 26 de septiembre que "terminé la copia de la partitura de El Oro del Rin. Luego, en la apacible soledad de mi casa leí un libro cuyo estudio había de ser para mí de la mayor importancia. Me refiero a El Mundo como Voluntad y Representación de Arturo Schopenhauer". Este libro le había sido recomendado por su amigo Herwegh, quien se hallaba también exiliado en Suiza por motivos políticos y que sin saberlo, procuró al compositor uno de sus mayores goces intelectuales.

Herwegh en entrevistas sucesivas le explicaría el sistema filosófico de Schopenhauer. A raíz de ello, Wagner tremendamente fascinado por lo que consideraba el encuentro intelectual más importante de su vida, leyó El Mundo como Voluntad y Representación al menos cuatro veces, hasta el verano siguiente. Como muestra de agradecimiento a quien le había proporcionado momentos de tan intenso goce intelectual, Wagner envío al filósofo un ejemplar del poema de Los Nibelungos. Desde entonces, Wagner convirtió la obra capital de Schopenhauer en su libro de cabecera. Tanto llegó a considerarla que incluso admiró con especial interés a aquellos artistas que Schopenhauer consideraba importantes. Así en 1855 escribió en Mein Leben acerca de Walter Scott que "estimo que la admiración de Schopenhauer por el novelista inglés está perfectamente justificada". Precisamente Scott y el filósofo ocuparon su atención mientras trabajaba en la instrumentación del primer acto de Sigfrido(1857), por lo que Wagner escribió que "me sumí de nuevo en la filosofía de Schopenhauer" lo que sugiere que casi siempre estaba enfrascado en esta lectura. Una fecha importante en el desarrollo de la relación entre ambos es 1858, ya que en ese año, por primera vez, Wagner realizó una primera objeción al Mundo como Voluntad y Representación:

"Para cobrar nuevamente ánimos recurrí también esta vez a mi remedio ordinario: un volumen de Schopenhauer. Y aunque me diese cuenta de que en cierto aspecto los remedios que el escritor ofrece no pueden colmar algunas inquietantes lagunas de su sistema, ahondé aun más íntimamente en la obra del gran filósofo".

Pero esta tímida crítica no hace sino revelar una vez más su dedicación. Sin duda, en la década de los sesenta, Wagner debería parecer un fanático seguidor de Schopenhauer. Teniendo en cuenta la vehemencia de su carácter, hablaría a todo el mundo de la importancia de los planteamientos de su sistema filosófico o discutiría apasionadamente con aquellos que no lo aceptaban. Pero andando el tiempo, la perspectiva de Wagner fue evolucionando por otros derroteros e incluso llego a hacerse levemente crítica. No olvidemos que Wagner era un gran egocéntrico y que por otra parte, a Schopenhauer no le interesaba demasiado su música, hecho que debió herir profundamente su enorme ego. Paradójicamente, aunque el tipo de planteamiento que Schopenhauer exponía en su filosofía era del todo acorde con los postulados del pensamiento romántico, la música que admiraba no era precisamente la de sus geniales contemporáneos, sino la musa trasparente de autores más clásicos ("Yo, Schopenhauer, soy fiel a Rossini y Mozart") por lo que no debe extrañarnos que Wagner se sintiese ofendido al no ser admirado por su filósofo preferido. El caso es que en Agosto de 1860 Wagner, que se encontraba en Francfort, anotó:

"Recordé entonces que me encontraba en la ciudad donde residía Arturo Schopenhauer, pero una singular timidez me retuvo, no obstante, de ir a verle. Mi espíritu estaba en aquella época demasiado distraído para que en una conversación con el filósofo pudiera alcanzar los fines a que, a mi parecer, había de tener una entrevista con Schopenhauer. Y, por otra parte, mis ideas estaban en aquellos momentos muy distantes de las suyas. Relegué para otro momento aquella visita que tanto me atormentaba. Esta ocasión la esperaba ardientemente y no había de tardar en llegar. Creí haber tenido ocasión para ello cuando al año siguiente me instalé por una buena temporada en aquellos parajes con objeto de terminar mis Maestros Cantores, pero Schopenhauer acababa de morir, y no tuve otra opción que sumirme en reflexiones a las que se sumaba el arrepentimiento por lo poco previsor de mi destino".

Aunque parezcan verosímiles, da la impresión de que estas afirmaciones sean poco sinceras ya que no resulta probable que Wagner desaprovechase la oportunidad que se le presentaba para visitar a su idolatrado filosofo, una ocasión con la que habría soñado muchas veces. Seguramente su amor propio hacía tiempo que se sentía herido ante la indiferencia demostrada por Schopenhauer y por eso evitó un encuentro que tal vez le habría resultado poco fructífero. A la vista de esta situación, los únicos consuelos que le quedaron a Wagner fue conocer en 1862, gracias a la intervención de Matilde Maier, al único amigo vivo de Schopenhauer, un anciano caballero de Maguncia y contemplar el retrato que del filósofo realizó Lenbach y que estratégicamente colocó en el salón de Villa Wahnfried para que desde lo alto de la pared lo saludase cada mañana. Evidentemente ante aquel retrato, Wagner ofrecería una salutación fraternal pero también una muestra simbólica de su triunfo sobre aquel que  consideraba el más grande pensador de su tiempo... a excepción de él mismo, naturalmente.

 

Escrito por Domènec González de la Rubia
Desde España
Fecha de publicación: Enero de 2009.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0010 de Sinfonía Virtual

 

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