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DEBUSSY: AL CLARO DE LA LUNA (II)
María Laura del Pozzo

Este artículo constituye la segunda parte de un artículo cuya primera parte fue publicada en la edición nº15 de Sinfonía Virtual, el cual puede verse en la siguiente dirección:

“Más que cualquier otro hombre que haya conocido, Debussy era una combinación de dos personalidades totalmente opuestas y estoy convencido de que fue esta oposición lo que le dio a su genio una amplitud tan extraordinaria”

“Bajo los rasgos delicados de su fiera máscara, disimulaba, casi con vergüenza, una sensibilidad rápida y personal, que se manifestaba divinamente en cada nota de sus obras. Me siento orgulloso de poder decir que lo conocía mejor que nadie. Tenía el corazón de un niño, más orgulloso de una linda corbata que de un elogio a su genio; no es que dudara, pero le parecía algo tan natural que no valía la pena hablar del asunto. O sólo de una forma sencilla y directa que nosotros, quienes lo valorábamos antes de que se hiciera famoso, llegamos a conocer muy bien.”

“Las ideas le afloraban libremente pero le fastidiaba ponerlas por escrito. Un detalle podía detenerlo. Y se pasaba noches enteras a la espera de un matiz, como una bestia salvaje en su madriguera. Ni siquiera cinco actos ya esbozados, por lo menos en el corto plazo, se acercaban para él a un acorde bien colocado.”

“El gran secreto, -dijo- es decirles a las mujeres que tu amor por ellas es enorme, pero hacerles entender que lo que sientes por ellas es muy poco. Como a nosotros, a las mujeres les gustan que las entretengan en la medida en que uno no se ponga molesto o complicado para ellas. Cuando se usa el método que le he descripto, uno puede satisfacer su amor propio y el verdadero amor puede operar libremente con la máxima cantidad de adornos y arabescos, como una melodía que pasa de una sonata a una sinfonía de acuerdo con el humor, el capricho o el virtuosismo de los intérpretes, sin que haya límite alguno. Así es, mi querido muchacho, repita esto tres veces por noche antes de irse a dormir y déme uno de sus horribles cigarrillos"

"Pero suponga que se trate del artículo de lujo?", me atreví a preguntarle.

Debussy pareció considerar esto durante un largo rato, con su actitud de ‘me retiro a mi estudio’ como solía hacerlo, luego soltó una gran nube de humo gris:

"Eso, mi querido compañero, es un punto sobre el cual no he tenido tiempo de reflexionar. Pregúntemelo en un año o dos. Quizá pueda darle una respuesta desde el punto de vista de la mayor experiencia. De todas formas, no es importante”.

Quien escribió los fragmentos anteriores es René Peter, quién conoció a Debussy en su adolescencia y mantuvo una amistad a lo largo de toda su vida con él. También colaboró como dramaturgo en varios proyectos conjuntos.

La personalidad de Debussy era claramente una personalidad compleja. Son coincidentes las apreciaciones sobre sus pocas palabras, a las que consideraba superfluas si no expresaban algo importante y concreto. Eso lo hacía ver, especialmente si no se lo conocía, como una persona distante, agresiva, hasta cruel. Casi un misántropo.

Se cuenta que cuando Bartók (el gran compositor y pianista húngaro, 1882-1945) llegó a París por primera vez, le comentó a un amigo su interés en conocer a Debussy. “Pero es una persona muy irritable. Realmente quieres correr el riesgo de ser insultado?.” “Sí, por favor!” contestó Bartók.

Así se lo veía y, tal vez, así quería Debussy ser visto. Su mundo interior era algo demasiado delicado para ser expuesto fácilmente. Sin embargo, para quienes lo conocían bien, su espíritu juguetón era un hábito que tenía profundamente arraigado e invadía todo lo que hacía. ¡¡Y el amor por los detalles!! Una pintura mal colgada lo ponía como loco. Podría haber sucedido cualquier cosa, el peor desastre doméstico, que él seguramente se hubiera dirigido a la pared para restaurar el equilibrio esencial de sus pensamientos.

Una anécdota, también relatada por René Peter, lo pinta de cuerpo entero:

“Un día, al poco tiempo de haberse mudado a la rue Cardinet, me senté a conversar con él en la silla que utilizaba para trabajar. Me miraba con inquietud; de repente soltó un bramido y yo me sobresalté.

‘Qué? Qué pasa?’

‘Qué pasa? Está loco? ¡Mire!’

Me señaló la alfombra donde a unos milímetros de las patas de dicha silla, había cuatro marcas distintivas.

‘Las puede ver, allí?’

‘¡Sí!’

‘Esos agujeros no son muy lindos, pero son inevitables. Quiere convertir mi alfombra en un colador?’

Me levanté, Claude hizo girar cuidadosamente la silla hasta que sus patas encontraron la posición correcta y respiró aliviado”.

Prácticamente todas las personas que conocieron y pudieron escuchar al Debussy intérprete de sus obras son coincidentes: era un extraordinario e insuperable pianista, en particular de sus propias composiciones. La variedad de toques, de efectos, la imaginación como motor de la técnica eran increíbles. Una vez más el detallismo era una característica saliente en su interpretación. Y también exigía eso de los intérpretes de sus obras. No admitía que los detalles expresados en su partitura fueron vistos livianamente por los músicos. Cada matiz, cada palabra, cada nota puesta en su partitura, había sido meditada tan cuidadosamente, que la falta de atención y respeto en su interpretación era considerada una falta gravísima por Debussy.

No dudaba en calificar a algunos virtuosos de la época (que se fijaban más en sus dedos que en los detalles de la música) muy duramente: “Toca como un aguatero” o “Rascaba como la soga de un pozo” eran apreciaciones que no faltaban, aun cuando la fama del intérprete fuera importante. Esto intimidaba a no pocos músicos y directores…

Dice Marguerite Long, la gran pianista y pedagoga francesa (1878-1966): “Por mi parte había interpretado casi todas las grandes obras francesas para piano, algunas por primera vez. A Debussy le molestaba que sus obras estuvieran siempre ausentes en mis programas y yo lo sabía. De vez en cuando, como por casualidad, dejaba escapar, ‘No le gusta lo que hago?’, o algo por el estilo. Un día me preguntó: ‘No quiere interpretar mi música?’.

‘Está equivocado. Por el contrario, lo admiro muchísimo. Pero es demasiado difícil.’

‘Difícil? ¡Pero es un juego de niños para usted!’

‘Oh, las notas, sí.’ Y agregué: ‘Siento la misma perturbación que cuando escucho Pélleas (la única ópera que compuso Debussy), pero ahora ante un nuevo arte del pianoforte; y como intérprete siento que es imposible aproximarme a su pensamiento, ni de lejos. Me siento como si estuviera frente a una pared.’

‘Suponga que la hiciera trabajar en esto. Trabajar en serio.’

‘¡Estoy de acuerdo!’ (…)

“El tiempo que pasé con él fue inolvidable, tanto en el plano puramente pianístico como en el afecto que me brindaron él y su familia, lo cual fue muy reconfortante para mí. Conversábamos y yo interpretaba su música y la de otros compositores por los cuales él tenía un interés especial. Los grandes maestros a quienes más admiraba eran Bach, Liszt y Chopin, especialmente Chopin, de cuya música nunca se cansaba. (Debussy había tenido a una discípula de Chopin como maestra de piano). Estaba como impregnado por la obra de ese compositor y a través de su propia admiración trataba de expresar todo lo que pensaba del gran maestro polaco.

“Durante los tres meses de ese verano no abandoné el piano, pero la experiencia y los beneficios que obtuve del contacto diario fueron inmensamente enriquecedores.”

 

Bibliografía y citas:

Peter, René: “Debussy et l‘amour“. Comoedia, 4 de julio de 1942.

Peter, René: “Claude Debussy“. Paris, 1931.

Long, Marguerite: At the piano with Claude Debussy. Londres, 1972

Nichols, Roger: El mundo de Debussy. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2000.

 

             
Escrito por María Laura del Pozzo
Desde Argentina
Fecha de publicación: Julio de 2010.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0016 de Sinfonía Virtual

 
 

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