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CARTAGENA, CAMINO DEL PASODOBLE
José Antonio Hernández Arce

Podría ser que los tres símbolos de la ciudad de Cartagena (Murcia) para alguno de vosotros, animados lectores, sean como típicos: el recién restaurado Teatro Romano, la fiesta de Carthagineses y Romanos y, sin duda, el equipo de fútbol albinegro del “Efesé”.¿O qué tres símbolos o emblemas pueden representar mejor una ciudad?

Para algunos sean éstos mencionados, para otros sean otros bien distintos. Se me ocurre que podrían ser igualmente representativos su marcial Semana Santa, sus monumentos o arquitectura y su escudo. Con exactitud, no lo sé. No pretendo hacer un estudio antropológico de la ciudad ni ensalzar los símbolos que representan mejor a la misma.

La cuestión es, ¿por qué no encumbrar su música? Y no me refiero a los Festivales de Jazz o La Mar de Músicas, a los cuales admiro y respeto, sino a los tres formidables, sutiles e irremplazables pasodobles que tuvieron su nacimiento en la ciudad española de Cartagena: La Gracia de Dios, El Abanico y Suspiros de España.

El rugido, la esencia, la pasión. Nos acarician interiormente el alma, es como un presagio. Y todo encaja como en el cubo de rubik, donde se ajustan, alinean y distribuyen los colores. Algo insignificante y trivial se hace sublime, maravilloso. Vehemencia, estremecimiento y emoción.  

El pasodoble La Gracia de Dios fue compuesto en Cartagena en 1880 por el maestro Ramón Roig y Torné (Lérida, 1849-Cartagena, 1907), donde él ejercía como director de la Banda de Música de Infantería de Marina de Cartagena.

Al parecer, la inspiración de Roig para componer La Gracia de Dios floreció tras una impertinente anécdota que le aconteció con su amigo y rival Eduardo López Juarranz, compositor del pasodoble La Giralda. Al igual que podemos pensar en la famosa y supuesta hostilidad que tuvieron Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri, o en semejanza, pensemos igualmente de la confrontación parisina conocida como la  Querella de los Bufones, por los defensores de la música francesa, agrupados tras Jean-Philippe Rameau, y a los seguidores de italianizar la ópera francesa, asociados alrededor del filósofo y musicólogo Jean-Jacques Rousseau.

El caso es que, tras el gran éxito del estreno conseguido en París por Juarranz de su pasodoble, éxito que posteriormente repetiría en el resto de España, a éste se le ocurre enviar a Cartagena un sobre con la partitura del citado pasodoble, para que fuese interpretado por la Banda de Música de Infantería de Marina de Cartagena. En el guión de la obra figuraba la siguiente dedicatoria: "Para Ramón Roig, con la completa seguridad de que se dará perfecta cuenta de cómo se escribe un pasodoble".

Ramón Roig, ofendido por el osado texto, se puso rápidamente a componer y en solamente ocho días elaboró La Gracia de Dios, que le remitió con la correspondiente dedicatoria: "A Eduardito López Juarranz, para que compruebe, al leer la presente partitura deLa Gracia de Dios, que se trata de un verdadero pasodoble, desde luego, mejor que el suyo".

No se sabe de buena tinta si hubo o no respuesta de Juarranz. Lo cierto es que ambos pasodobles perduran como legado intemporal e, incluso, están considerados como obras maestras del género y son interpretados internacionalmente por las bandas de música.

Siguiendo a ritmo de pasodoble, esta vez, nos ocupamos por la más conocida, indiscutiblemente, de las obras de Alfredo Javaloyes López (Elche (Alicante), 1865-1944), el pasodoble El Abanico, compuesto en Cartagena en 1910. El origen del pasodoble era una marcha de paseo militar, y El Abanico sigue siendo una marcha de referencia entre las bandas militares, tanto que en España es interpretado habitualmente en los actos oficiales de la Casa Real.

Javaloyes compuso también otras muchas obras, entre las que cabe destacar  la zarzuela La Perla y varias marchas de procesión: La Agonía, Pasionaria  y Vía Crucis  para la Semana Santa de Cartagena, y Desconsuelo, ya en su última etapa, para la Semana Santa de Elche.

Cierra los ojos por un momento que te llevo a un lugar. Un día cualquiera iba caminando por la ciudad portuaria de Cartagena, cerciorándome que donde va mi mente van mis pasos, percibiendo su aroma del mar azul brillante, apreciando sus calles antiguas no exentas de belleza, me quedé contemplando el busto situado en la plaza del Rey del maestro Antonio Álvarez Alonso del escultor José Sánchez Lozano. Me detuve por un momento y estuve recordando esa famosa melodía que ha dado a nuestro país, y me osaría a decir al mundo, el paradigma de lo español: Suspiros de España. El busto también hace referencia a las otras dos composiciones hechas en la ciudad de Cartagena y antes mencionadas,  La Gracia de Dios y El Abanico.

Suspiros de España, tal vez el más famoso de los pasodobles españoles, fue compuesto por el maestro Antonio Álvarez Alonso (Martos (Jaén), 1867- Cartagena, 1903) en Cartagena, en 1902. Posteriormente se le añadió la letra en manos de José Antonio Álvarez, siendo versionada por numerosos artistas, como Estrellita Castro, Concha Piquer, Diego El Cigala, Rocío Jurado, Pasión Vega, entre otros. Algunos dicen que tenía que ser el himno de España, porque sí señores, representa a España. A la España de zambomba y pandereta, odiada y querida por otros. A esa España fresca, generosa. Aunque sea increíble, todavía existen extranjeros que nunca han visitado España y creen que cuando vengan a nuestro país encontrarán a gitanos en coches de carruaje por la calle o a mujeres vestidas con traje de flamenca.

El título del pasodoble le surgió a Álvarez viendo el escaparate de la confitería España, ubicada frente al café de sus actuaciones, y observando una confitura típica llamada "suspiros" (avellanas caramelizadas), le vino la inspiración para denominar a su nueva partitura  Suspiros de España.

El pasodoble fue estrenado por la Banda de Música del Regimiento de Infantería de Marina dirigida por Ramón Roig y Torné, el día del Corpus Christi de 1902 en la plaza de San Sebastián de Cartagena. Las ordenanzas militares frenaron que el Maestro Roig concediera la dirección para el estreno a Antonio Álvarez Alonso, su amigo y autor de la obra, dada la condición de civil de éste. Una placa rememora la efeméride en el lugar del estreno.

En los exilios provocados por la Guerra Civil Española y posteriores, el pasodoble Suspiros de España simbolizó la nostalgia de la España perdida, disipada. Haciendo análisis musical de la composición, podemos apreciar que su modo musical menor añora tristeza, con leves modulaciones a su relativo mayor que evoca esperanza, pero, en mayoría, escrita en modo menor.

Álvarez Alonso además, fue autor del El gran visir, Las niñas toreras, Siluetas madrileñas, Rey de oros o Salud y suerte. Un cuarteto para cuerda titulado Las hormigas, e infinidad de marchas, himnos, plegarias, pasacalles y pasodobles, como Los guapos o Viva la Pepa.

“La música es un arte que está fuera de los límites de la razón”, escribió el escritor Pío Baroja. Qué razón llevaba. Y el efecto que produce la música de alguien como Roig, Javayoles y Álvarez es asombroso, conmovedor. Más allá del prisma de la memoria, Cartagena, camino del pasodoble, guarda en el asfalto un tiempo que corre.


Escrito por José Antonio Hernández Arce
Desde España
Fecha de publicación: Abril de 2011.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0019 de Sinfonía Virtual

 
 

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