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BEETHOVEN Y EL PROTOTIPO DE GENIO ROMÁNTICO
Virginia Sánchez Rodríguez

A lo largo de la historia el artista ha disfrutado de un status social diferente dependiendo de la época y el contexto en el que se ha visto inserto. Desde la antigüedad artistas plásticos y músicos han buscado un reconocimiento social a su labor, que llega a su máximo esplendor en el siglo XIX en torno al Romanticismo, donde los creadores no sólo pierden su concepción de artesanos sino que son considerados verdaderos genios.

            En este artículo intentaremos abordar el origen del concepto de genio para hablar de este prototipo de artistas en torno a la estética romántica, centrándonos en Ludwig van Beethoven (1770-1827), considerado uno de los genios por antonomasia.

1. SOBRE EL ORIGEN DEL CONCEPTO DE GENIO

Posiblemente una de las figuras clave para entender lo que a lo largo de los siglos será entendido como “genio” es Marsilio Ficino (1433-1499). El humanista, que recuperó textos de Platón (427 a.C. - 347 a.C.), replanteó uno de los conceptos que el filósofo griego plasmó en sus escritos: el “furor divino”, lo que hoy en día sería entendido como la inspiración artística.

            A partir de esta idea no es considerado artista quien tiene el dominio técnico de un lenguaje (1) sino aquel que está arrebatado por los dioses y crea obras no únicamente con las reglas. En definitiva, de este modo se pone fin al carácter artesanal de los artistas que se había conservado desde la Edad Media debido a que su inspiración depende, en este caso, de las altas esferas. Así, podemos situar el origen del concepto de genio en torno al Humanismo Renacentista, una idea que antecede la tradicional consideración del artista romántico como genio, como héroe, un ser tocado por el dedo divino que, pese a lo que pudiera parecer, no tiene otro remedio que aceptar esa condición, ese “lastre”.

            Italia será el país donde surja en primer lugar este renacer de los ideales clásicos y la creciente conciencia de los artistas como algo más que meros artífices. Así lo avala la presencia de insignes personalidades como Filippo Brunelleschi (1377-1446), Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), Rafael de Sanzio (1483-1520) o Alberto Durero (1471-1528) (2). Por lo tanto, es evidente que el Renacimiento supone el germen del concepto del genio romántico, planteado con cautela y distancia, siempre teniendo en cuenta las circunstancias geográficas y sociales donde se desarrolló.

2. EL ROMANTICISMO, LA ERA DE LOS GENIOS.

Pero si en algún momento a lo largo de los siglos el artista ha gozado de un buen status   social es en el Romanticismo, período en el que pintores, escultores y músicos son reconocidos como unos verdaderos genios hechos de otra pasta. Así, se recupera, en parte, esa concepción divina y elitista que ya surgió, de alguna forma, en el Renacimiento al retomar los ideales clásicos anteriormente señalados. Lo cierto es que a lo largo de todo el siglo XIX el artista será contemplado como un héroe capaz de sintetizar los ideales que las sociedades emanan. Incluso en ocasiones estos creadores son considerados auténticos visionarios, lo cual demuestra que las artes avanzan más deprisa que las sociedades (3), potenciando, de este modo, el mito del artista incomprendido.

            En este contexto surge una nueva sensibilidad potenciada por las circunstancias históricas como la Revolución Francesa, que exalta el ideal de libertad, además de la defensa de los derechos de los hombres y la libertad de pensamiento. Esta idea, junto a la filosofía idealista alemana y el movimiento Sturm und drang, influyó en una nueva conciencia del “yo” que tuvo su reflejo en el cada vez más elevado autoestima de artistas e intelectuales. Todo ello se manifiesta, por tanto, en la potenciación del individualismo, un rasgo que surge como resultado del proceso de concienciación por parte de los artistas del valor de sus propias obras y su talento. De este modo, respecto a lo que ocurre en momentos históricos anteriores, no existe un objetivo común que englobe a todos los artistas llamados románticos, no hay un programa unitario, aunque todos coinciden en reclamar esa individualidad en la plasmación de la propia sensibilidad de cada uno de ellos.

            Así, el punto de partida del arte en este momento no radica únicamente en las normas sino en la sensibilidad de los creadores. En este momento los artistas no pretenden plasmar valores colectivos, la finalidad del arte tampoco es didáctica. Simplemente, y como rasgo universal, desean plasmar emociones auténticas, sentimientos exaltados que desbordan el control de la razón, tal y como se reflejará en sus escritos y en sus obras. Esta nueva actitud incide, de algún modo, en una visión del arte como vocación, un agente intrínseco a la personalidad de estos creadores que, en pleno siglo XIX, obliga a aquellos virtuosos de un lenguaje artístico a desarrollar su labor por el bien común.

            Además, los artistas en este momento son considerados también intelectuales, personas cultivadas que participan en las reuniones de los salones cortesanos. Se ven inmersos, por tanto, en un ambiente burgués, se codean con nobles y aristócratas y se muestran, en estos contextos, con un fuerte carácter y una actitud arrogante, aprovechando, en muchos casos, su buena reputación.

            Pero no todos los artistas del siglo XIX compartieron este planteamiento romántico ni se vieron inmersos en tan idílica situación. No debemos olvidar que las obras por encargo continuaron siendo un medio económico fundamental para un elevado número de compositores, pintores y escultores, como hoy en día continúa sucediendo en el ámbito artístico, que no tuvieron la suerte ni la oportunidad de vivir únicamente de su libertad de creación.

            En cualquier caso, la nueva noción de artista que surge en el Romanticismo hace que cambie también la concepción y finalidad del hecho artístico en general, y de la música en particular. Recordemos que el siglo XIX, especialmente el movimiento romántico, considera que la música es la máxima expresión (4) y la más romántica de las artes por ser considerada un lenguaje universal: “La música habla del lenguaje más universal, aquel por medio del cual el alma es excitada de una forma libre e indeterminada y se siente en su hábitat más idóneo” (5).

3. BEETHOVEN, LA ENCARNACIÓN DEL GENIO ROMÁNTICO POR EXCELENCIA.

De este modo, tal y como acabamos de señalar, ese protagonismo de la música tuvo su trascendencia en la sociedad romántica, como se observa en el hecho de que muchos compositores del momento meditaron y escribieron sobre esta arte, como Hector Berlioz (1803-1869), Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), Robert Schumann (1810-1856), Richard Wagner (1813-1883) o el propio Beethoven, entre otros. Pero en este período también tuvieron difusión escritos de poetas e intelectuales ajenos a la disciplina musical que se ocuparon de la música, considerada la protagonista de la cultura romántica. En todos los casos, esos textos constituyen un documento de máximo interés con vistas a trazar la línea sobre la que se perfiló la historia de la estética musical durante el Romanticismo.

            Precisamente, toda esta diversidad del panorama artístico se refleja igualmente en la pluralidad de caracteres de genios, teniendo en cuenta como uno de los primeros a Ludwig van Beethoven, considerado uno de los prototipos más recurrentes. De hecho, la inclusión de Beethoven en este discurso pretende mostrar, en primer lugar, cómo los límites cronológicos no siempre son válidos para circunscribir la historia, pues ya se puede hablar de genio y obras románticas en el caso del compositor alemán en una fecha considerada temprana para la historiografía, comienzos del siglo XIX, tal y como lo avalan sus pensamientos y su legado.

            El compositor encarna a la perfección el prototipo de héroe romántico no únicamente por la magnitud de su obra sino también por su personalidad, pues su destino trágico potencia, más si cabe, ese mito. Beethoven es un ejemplo de la ruptura de la ley en detrimento de la naturaleza humana para conseguir la libertad. En su música el compositor incluyó toda una serie de innovaciones formales, pues el compositor antepone la expresividad y el verdadero significado musical a las férreas estructuras. Así, rompe la forma sonata y, partiendo de formas clásicas, las modifica y las hace evolucionar. No sólo no cumple las reglas sino que es consciente de esa ruptura como genio que es.

            Además, representa el carácter tradicional considerado de un tocado por los dioses: arisco, tosco, malhumorado, etc. Lo cierto es que, independientemente de la arrogancia propia de su temperamento (6), esa personalidad también se vería justificada por sus circunstancias vitales: su mala suerte en el amor o su falta de afecto por parte de su familia, tal como el propio compositor admite en su Testamento de Heligenstadt:

            Nacido con un temperamento ardiente y vivo, y sensible para los encantos de la sociedad, me he visto obligado a aislarme y a pasar mi vida en soledad. Y si a veces he decidido no dar importancia a todo esto, ay, ¿con qué crueldad me ha desmentido luego la triste experiencia de mi debilidad de oído? (…) Estas experiencias me han llevado hasta el borde de la desesperación, y poco ha faltado para que yo pusiera fin a mi vida. Mi arte, y solamente él, me ha retenido. Ay, me parecía imposible dejar este mundo antes de haber realizado todo aquello para lo que me sentía destinado (7).

            Como se observa en este fragmento del Testamento de Heiligenstadt, Beethoven justifica ese carácter difícil y su soledad a sus problemas de salud pero, simultáneamente, valora la posibilidad de seguir hacia adelante para poder compartir con la Humanidad el don que le ha sido otorgado: su música. De este modo, el legado del compositor es un ejemplo que muestra sus ideas sobre la música que, según él, debe comprometer al hombre. Esto se observa en el hecho de que Beethoven asume su destino, por esa razón el músico continúa escribiendo obras magistrales a pesar de querer terminar con su vida en el momento en el que conoce el irreversible y progresivo avance de su sordera. Asimismo, entiende que esa misión procede de las altas esferas, una idea vinculada a una concepción humanista de la religión que no hace que pierda, sin embargo, su carácter teológico.

            Lo cierto es que Beethoven también fue considerado un ser superior por sus contemporáneos, un auténtico mito que se vio potenciado por los escritos de algunos amigos y artistas como E.T.A. Hoffmann, quien lo ensalza en sus novelas, ensayos y cuentos, así como el propio Wagner, quien también considera al compositor de Bonn como una figura clave.

            Independientemente de lo que Beethoven significó en su momento, también hay que señalar que su genialidad ha servido como modelo a infinidad de artistas y personajes de otros ámbitos hasta la actualidad. Incluso el círculo de la Teoría Crítica admiró su personalidad y legado, tal como lo avala la obra de Theodor W. Adorno (8) dedicada al compositor nacido en Bonn. En cualquier caso, independientemente de todo ello, es indudable la genialidad de Beethoven, del que podemos decir que es, probablemente, el primer gran héroe romántico.

  1. CONCLUSIÓN.

            Para concluir, tras lo señalado hasta el momento únicamente cabe incidir en la circunstancia de que el presente artículo pretende abordar el concepto de genio, partiendo de una breve consideración sobre el origen del término, para individualizar esta consideración del mito de genio romántico en la personalidad de Ludwig van Beethoven. El objetivo ha sido mostrar cómo el artista ha pasado de contar con un bajo status social –recordemos que tradicionalmente los artistas de todas las disciplinas eran considerados artesanos por dedicarse a un trabajo manual– a perseguir y lograr la posición social y el reconocimiento artístico más elevado durante el Romanticismo, todo ello a través de la figura de Beethoven como representante de la autoconciencia de una nueva era de artistas que antecede la valoración hacia sí mismos que tendrá lugar durante el siglo XX.

 

NOTAS A PIE DE PÁGINA

(1) Ya sea poesía, pintura o música.

(2) Quien, a pesar de su nacionalidad alemana, tuvo la ocasión de vivir durante una temporada en Italia, donde se sintió admirado y reconocido por su condición de artista, tal y como recoge en sus escritos.

(3) Una idea que volverá a plantear Ortega y Gasset. ORTEGA Y GASSET, José: La deshumanización del arte. Madrid, Espasa-Calpe, 2007.

(4) Aunque este movimiento también tiene su reflejo en el campo literario y en las artes visuales.

(5) Enrico Fubini: La estética musical desde la Antigüedad al siglo XX. Madrid: Alianza Música, 2007, p. 38.

(6) Ese tópico del carácter también estuvo presente en el Renacimiento, de hecho Miguel Ángel también gozó de una fama similar.

(7) BEETHOVEN, Ludwig van: Heiligenstädter Testament. Verlag Beethoven-Haus Bonn, 1999, pp. 35-36.

(8) ADORNO, Theodor W.: Beethoven, filosofía de la música. Madrid: Akal, 2003.

 

BIBLIOGRAFÍA.
  • ADORNO, Theodor W.: Beethoven, filosofía de la música. Madrid: Akal, 2003.

  • BEETHOVEN, Ludwig van: Heiligenstädter Testament. Verlag Beethoven-Haus Bonn, 1999.

  • CAVELL, Stanley: En busca de lo ordinario: líneas del escepticismo y romanticismo. Madrid: Cátedra, 2002.

  • DOWNS, Philip G.: La música clásica: la era de Haydn, Mozart y Beethoven. Tres Cantos: Akal, 1998.

  • FUBINI, Enrico: La estética musical desde la Antigüedad al siglo XX. Madrid, Alianza Música, 2007.

  • HERNÁNDEZ, Domingo: La ironía estética: estética romántica y arte contemporáneo. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2002.

  • KANDINSKY, Wassily: De lo espiritual en el arte. Barcelona, Paidós, 2004.

  • MASSIN, Brigitte: Ludwig van Beethoven. Madrid: Turner, 2011.

  • ORTEGA Y GASSET, José: La deshumanización del arte. Madrid, Espasa-Calpe, 2007.

  • PESTELLI, Giorgio: La época de Mozart y Beethoven. Historia de la música, T. 7. Madrid: Turner, 1986.

  • ROSENBLUM, Robert: La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico: de Friedrich a Rothko. Madrid, Alianza, D.L. 1993.

 

Escrito por Virginia Sánchez Rodríguez
Desde Salamanca (España)
Fecha de publicación: Julio de 2011.
Artículo que vió la luz en la revista nº 0020 de Sinfonía Virtual

 
 

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