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CRISTÓBAL DE MORALES Y SU MISSA PRO DEFUNCTIS
A 5 VOCES

José Luis García Ameijenda


(Nº 21, OCTUBRE, 2011)


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ABSTRACT

En el artículo presente se intenta encumbrar al músico Cristóbal de Morales, no ya como uno de los mayores músicos europeos de la música del renacimiento, sino como el mejor exponente junto a Tomás de Victoria de nuestra particularísima música y del carácter español que aún pervive en nuestra cultura. Para ello, nos valdremos de la excelente y conocida versión de su Misa para difuntos a cinco voces que grabó Paul Mc Creesh con el Gabrielli Consort para Archiv. Proponemos centrar la escucha en el Tractus (Absolve Domine) y la Sequentia (Dies Irae).

Palabras clave: difuntos, salvación, Renacimiento, Europa, España



Al ocaso de sus días, con la salud deteriorada, melancólico y desengañado, el emperador Carlos V encontraría su último refugio en los monasterios indolentes de la adusta Castilla. En Yuste construirá su sencillo palacete al cobijo de las oraciones de los monjes jerónimos. Disponía la salvación católica de su alma con el temor suelto y enajenado, guardando consigo el débil aliento de toda la Europa medieval. Moría en 1558 sin sentir cumplida la unidad de la cristiandad.

        Sin embargo, esta misa de difuntos parece no acomodarse a la solemnidad ostentosa ni a la grandeza ceremonial de las exequias del soberano más poderoso del occidente cristiano. Se ajusta mucho mejor a la temprana muerte de la emperatriz Isabel en el palacio de Fuensalida. Tremendamente conmocionado quedó entonces el emperador.

        La muerte se levanta como el acto más austero que podamos presenciar en vida; provocando su señal los desgarros más justos e intensos del alma.

        Cristóbal de Morales era por entonces cantor de la Capilla Pontificia de Roma y pudo honrar con esta misa el espíritu obsesivo y exaltado de la muerte en España. Podemos escuchar a Morales entonar su misa al humano temor de un cuerpo sin vida. 

        Distinguimos mejor los pliegues del duelo cuando el hombre de arte se apiada desde su mortal condición de un sufrimiento que no es en verdad suyo, pero que se arraiga severo a su ser.

        Nunca le podríamos prestar la debida atención si no lo lleváramos ya sugerido en nosotros de alguna manera.

        Las sensibilidades exquisitas suelen prestar más atención a los sentimientos y ardores de los demás que a los suyos propios; su encubierta nobleza evidencia sin embargo el egoísmo rudimentario de quién nunca se encuentra lo suficientemente seguro al vuelo de sus pretensiones. Estos otros grandes hombres necesitan ampararse a las preocupaciones de los demás para escapar a la erosión del juicio propio.

        El clérigo sevillano Cristóbal de Morales había sido maestro de capilla en Ávila y en la próspera diócesis de Plasencia cuando ordena su carrera musical a estimulante peregrinaje. Llega a Roma disponiendo la prosperidad de su obra por encima de las católicas afecciones religiosas que nos contagia siempre su música. Bajo la pesadez religiosa de aspecto sincero subyace su tribulación declamada que bien puede atormentar a cualquier hombre sensible y atento. El reconocimiento inteligente a su maestría y gracia musical, las inconfesiones de sensualidad que moviliza esta belleza convulsa y el irremediable sentimiento de suficiencia que sostiene su escritura; difícilmente casan con los yermos preceptos de la religión católica. Necesariamente tuvo que sentir Cristóbal de Morales los vaivenes del remordimiento que se suavizan a la extenuación del trabajo; quede entonces la imaginación enclavada a tierra.

        Las diferentes catedrales y el trasiego de los clérigos padecen a menudo la vanidad como las vidas corrientes. Descubrimos en este músico genial la influencia de un pulso moral en extremo ávido y sensible al conocimiento profundo y errático de la realidad. Nos recuerda la vida ajetreada de Juan Sebastián Bach arrastrando los mundanos elogios a lo largo de su ascensión social. No podemos entender sus vidas y su música sin descubrirles llenos de bienaventuranza en nuevo lugar.

        El Kyrie de esta misa despide una insólita discreción musical que anula toda presencia y pone en firme evidencia la corteza frágil del sentimiento. Languidecen los aromas en los lugares sagrados. Pierden su presencia las voces minúsculas de gestos enjalbegados. El boato de la misa olvida su sentido por la universalidad castiza de las bocas y las manos.

        El coro de voces acompaña la cortesana melodía gregoriana dejándola ser clara; tan sólo permite que se le anticipen para intensificar el tirante espectáculo de las crecidas. Éstas son de todo menos templadas.

        La austeridad, sobriedad o sencillez con la que comúnmente se señala esta música, es, en su carácter español, siempre sobrecargada, ebria y desmedida de alguna particularidad que le alumbra. El contenido ciego le otorga una extraña pasión cuya forma de amor sólo puede ocultarse bajo las apariencias de sensualidad.

        Son nuestros ademanes indecisos los que nos dejan en evidencia cuando empeñamos nuestro reino a las lumbres del delirio nocturno. Será en este sentido como esta suave música seca y el carácter escurridizo de lo español se emparenten con los valores absolutos de los extremos. No dejemos nunca de reparar en los términos ecuánimes de la realidad.

        La generosidad, la abnegación o la propia vida del hombre se presentan como gratas " por el hecho de que el término medio es, en cierto sentido, un extremo".

        No podemos más que arredrarnos ante el rigor de la muerte. Entendemos que en el llamado siglo de oro español la mesura y la austeridad fueran inherentes a nuestro más refinado arte. Sin embargo, este carácter sobrio de lo español que sorprendería a más de un visitante romántico, se encuentra siempre colmado con una originalidad y extrañeza afectada que lo desfigura. Así le ocurre a la mirada solícita que el Greco confía a sus mejores retratos. Las retinas brillantes encuentran certeras los sentimientos más humanos, pues denotan el carácter apenado, de penitencia, de todos los mismos hombres de este mundo.

        La adhesión sincera del dogma limita las formas de la expresividad humana. Pero también alimenta el bullicio angosto de un amor sumergido que refresca nuestra más original música con los reflejos tan fuertemente llorados.

        Por otro lado, el español difícilmente genial no suele gustar por mucho tiempo de su tarea y se abandona rápido a lo que hace, pues cree merodear en otro lugar el encanto que endulza su alma.

        La admiración que tuvo el músico andaluz por Josquin Desprez y el vasto conocimiento que adquirió en Roma de la mejor música europea, le sirvió para comprender y conservar los nudos propios de su lenguaje. También para que se le admirara en toda Europa como a ningún músico español se le hubo prestado reconocimiento alguno. 

        Él nunca se abandonará a los artificios brillantes y condescendientes de lo original; se aferra al fervor vecino y secular de sus paisanos con piedad crédula y elocuente, con el cansancio espiritual del que no encuentra por momentos la alegría en este mundo por que reconoce la vacuidad de todo acto. Esa debilidad hética es su verdadera y vergonzosa originalidad.

        La voz del sevillano es bastante más florida que la de Tomás Luis de Victoria. El contrapunto artesano de su lirismo excepcional no iguala las certidumbres finas ni el grano riguroso de la mano invernal que sostiene Victoria. Música más delicada que la del abulense no ha sido refinada en España. Tampoco se la espera.

        La tapicería musical de Cristóbal de Morales o Tomas de Victoria cuelga de los siglos junto a las pinturas del Greco, Ribera o Velázquez. Si observamos de cerca la madera de los rostros de los hombres que participan en La misa de San Benito, de Alonso Berruguete, podemos presenciar cómo las visiones sobresaltan de sus corazones desvividos para volver a continuación mohínas y abandonarles en soledad. La atractiva policromía de sus mejillas ha de obligarnos a desoír los colores vivos de las cosas. Tendemos abiertos nuestros brazos firmes a las cabezas que funden los claroscuros. Por su insoportable presencia, por el sentido de su inclinación, rehúyen todos, contorneándose de dolor como los músculos viriles de Ribera.

         Reconocemos la mirada presa en la música recurrente, devota y sabia del maestro Morales.

        La grabación que hizo Jordi Savall con la Capilla Real de Cataluña es de un barroquismo hispánico seguro, dónde lo español se custodia en las tierras bajas y pajizas de Segovia, Ávila o Toledo. La sedentaria amplitud sonora de estos espacios de la España mística azuza maestra el fuego de la zarza divina. Podemos sentir en el Kyrie la gaya contraposición entre el sucinto dolor de nuestro semblante y la voluptuosidad airosa del regocijo.

        Menos hispánica es desde luego la versión de Paul McCreesh con el Gabrielli Consort. Necesariamente perdemos de vista la angustia local de la existencia de un Miguel de Unamuno. Los sentimientos se interpretan de otra manera, pero en lo que tienen las obras maestras de universal se comprenden entre si los empeños comunes de los hombres. Y aquí algo se siente evidente de mejor manera. La solidez de las nuevas voces y el tono pulcro del exhalo estiran la altura de los nervios de mampuesto. El Tractus "Absolve, Domine" y la Sequentia "Dies Irae" encarnan la belleza y el vacio que nos has dejado. Por que lo propio ha de tener su nombre escrito en algún lugar, aunque no se le conozca





Escrito por José Luis García Ameijenda
Desde España
Fecha de publicación: Octubre de 2011
Artículo que vió la luz en la revista nº 21 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505



 

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