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La anáfora y la rueda. Ludovico Einaudi en Princeton

Daniel Martín Sáez
Universidad Autónoma de Madrid



(Nº 33, 3 de noviembre, 2017)



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CONCIERTO


 

A Ludovico Einaudi alguien podría aplicarle el juicio que Stravinsky lanzó sobre la cabeza de Vivaldi en sus conversaciones con Robert Craft: simplemente, alguien capaz de componer la misma pieza una y otra vez. Así como el veneciano del siglo XVIII se ha convertido en tantas ciudades cosmopolitas, no sólo en Italia, en una especie de suvenir musical para turistas, nuestro contemporáneo turinés viaja a uno y otro lado del Atlántico para ofrecer su música, interpretada por él mismo al piano, ante un público ajeno a las salas de concierto y el repertorio clásico.

Sólo que la música de Einaudi es intencionalmente repetitiva y sencilla en su confección, ligada al idiomatismo de una obra para tecla incluso cuando aparecen otros instrumentos, como un eterno bucle minimalista que quisiera homenajear, en multitud de variaciones sobre el mismo tema, el Preludio y Fuga en Do Mayor del Clave bien temperado de Bach, el Para Elisa o el Claro de Luna de Beethoven. Sus obras son pianísticas y responden más al movimiento de los dedos sobre las teclas que, por ejemplo, a los del arco, la percusión o la música electrónica, por citar algunos de los instrumentos que aparecieron en el concierto de ayer.

La armonía tonal, desplegada con la simplicidad de un bajo Alberti que se ha independizado de su melodía, nos introduce en el ritual de una sonoridad atmosférica, sosegada y sin sobresaltos, entre una elegante musique de table y una monótona música de ascensor dispuesta a elevar la anáfora a la categoría de género artístico. No es casual que su música haya sido especialmente efectiva en el cine, cuya enorme incidencia sobre el mundo de la composición del último siglo estamos lejos de poder explicar. Son muchos los que conocen hoy a Einaudi por su composición de la banda sonora de Intocable (2011), la excelente comedia dirigida por la recurrente pareja de Olivier Nakache y Eric Toledano.

Muchas de sus piezas musicales podrían ser descritas como una banda sonora sin película. Y quizá sea esto, en buena medida, lo que engancha al público del presente, cuyo hábito casi diario de ver series americanas tiene ya algo de reiterativa experiencia psicodélica. La banda sonora encendería de manera espontánea los resortes de una sinestesia, por lo demás, muy común en la historia de la música, como las danzas que pasaron a las oberturas de ópera y, de ahí, a las sinfonías.  

El gesto pop de la repetición, como en las famosas latas Campbell de Andy Warhol de 1962, responde a la estructura de un mundo tecnológico y mecanizado, donde la reproducción de las mismas imágenes, videos y audios llega a veces a límites obsesivos. Podría uno remontarse a la segunda revolución industrial, cuando nace la fotografía, para captar la metáfora del minimalismo, en el que a menudo se incluye a Einaudi. La fabricación en serie, como la imagen de un paisaje observado por la ventana de un tren o un coche, encaja a la perfección con la paradójica idea de una música quieta, pero a la vez cambiante, como el famoso caballo de Muybridge.

La rueda del tren, aun girando a una velocidad pasmosa, nos arrastra a una monotonía rítmica que desactiva nuestra escucha directa, convirtiendo el ruido mecánico en un acompañamiento de fondo. Las notas arpegiadas de la mayoría de los temas de Einaudi, mezcladas por un pedal que las convierte en una serie de acordes a cámara lenta, nos envuelve en una atmósfera sonora que tiende a difuminarse, como la plasmación sonora de un análisis schenkeriano.

Como los ceros y unos de la computación, que la mitología pop de Matrix acogió bajo una especie de monismo informático, la aparente simpleza de las imágenes virtuales, donde todo tiene una explicación binaria, nos arrastra al movimiento de una rueda que no deja de girar, como la roca de Sísifo, para hacer y deshacer el mismo trayecto. El momento onírico y narcótico de esa mitología, donde todo se reduce en el fondo a sencillos códigos, es casi un dogma de fe para cierta cultura que hace de las novelas de superventas, como el Código Da Vinci, un ejercicio de pseudo-matemática aplicada al arte, cuyo misterio estaría oculto en sobrias figuras geométricas.

Que la música psicodélica y el minimalismo se desarrollaran en los mismos años no es casualidad. Algo de eso también parece haber en una música que da vueltas como un caleidoscopio, sin cambiar la imagen de fondo, como si importase más el proceso de ponerla en movimiento que la imagen misma. En Elements (2015), el último disco de Einaudi hasta la fecha, la tabla periódica de los elementos y las matemáticas euclidianas habrían formado parte (finis operandi) del proceso compositivo, junto a otras reflexiones sobre la materia del sonido y los colores. No sólo se proyectan sobre el escenario, mientras se interpreta la música, algunos dibujos realizados por el compositor a partir de lo que le sugerían, de manera más o menos clara, esos elementos, sino que incluso aparece allí alguno de ellos. Bajo la forma de una pecera, en la que uno de los músicos introduce una placa que percute, aparece el antiguo elemento del Agua, y en el último tema, “Experience”, se proyecta sobre la pantalla una gran bola cristalina que parece dirigirse hacia nosotros como un meteorito.

A todo ello se une la imagen romántica del pianista, que tuvo su primer fenómeno fan durante los conciertos de Liszt. En los últimos años bastaría pensar en dos casos tan diferentes como Lang Lang y James Rhodes, aunque éstos, a diferencia de Einaudi, no compongan sus temas. La apariencia fílmica de Rhodes, entre la comicidad de Woody Allen y la psicología atormentada de Chopin, consigue llenar las salas de jóvenes. Pero otra forma de repetición se adueña de sus conciertos. Las obras de repertorio, reproducidas una y otra vez, nos devuelven al mundo de las latas de Warhol.

Ludovico Einaudi une, a todo ello, la imagen de un intelectual moderado y reflexivo, que tardó mucho tiempo en dedicarse a la interpretación de sus propias obras. Tras estudiar con Luciano Berio y trabajar para el cine, el teatro o el ballet, ese momento llegó cuando rondaba los cuarenta años, tras la publicación de su primer álbum para piano, Le Onde (1996). El éxito ante un público tan amplio fue inesperado. El propio Ludovico ha ofrecido en algún momento una posible explicación de su éxito apelando a la velocidad del mundo actual, frente a la cual su música ofrecería un momento de reposo, una invitación a la paciencia y la serenidad.

Ayer el concierto fue ejecutado con la precisión previsible de una grabación de doce pistas. El público, como quien asiste a un festival de pop, no dejó de entrar hasta la quinta. El McCarter Theatre, situado a pocos pasos del campus de la Universidad de Princeton (donde abundan los compositores contemporáneos), permitió entrar a decenas de personas que llegaban tarde, aprovechando los aplausos entre pieza y pieza. Aunque muchos tuvieran que levantarse y hacer ruido para dejar pasar a los rezagados, apenas causaron ninguna molestia gracias al volumen de los altavoces. Otra peculiaridad que distingue a Einaudi de un pianista convencional al precio de disminuir la riqueza tímbrica del piano, ya de por sí poco explotado en sus diversos registros. El precio de las entradas refleja el caché alcanzado por Einaudi, así que uno sentía comprensión ante el gesto del teatro, ante un espectáculo que duraba dos horas y cuarto sin descansos y sin posibilidad de entrar en alguna pausa.

Cuando éste terminó, las ovaciones se oían desde todas partes del teatro, con el público en pie. La venta de sus discos, que se pueden adquirir durante sus conciertos (una mercadotecnia que comparte con Rhodes), ha alcanzado números insólitos en el ámbito denominado clásico. Como su abuelo Luigi, el segundo presidente de la República Italiana, y su padre Giulio, el creador de la ilustre editorial Einaudi, Ludovico parece abrirse paso en el panteón de la fama familiar.


Escrito por Daniel Martín Sáez
Desde España
Fecha de publicación: Octubre de 2017
Artículo que vió la luz en la edición nº 33 de Sinfonía Virtual
www.sinfoniavirtual.com
ISSN 1886-9505

* Imágenes facilitadas por el McCarter Theatre Center de Princeton



 

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