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LOS NOCTURNOS DE CHOPIN

Joaquim Zueras
Crítico musical



(Nº 23, JULIO, 2012)


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DISCOGRAFÍA


Chopin: Integral de los Nocturnos. Marisa Montiel, piano Stenway D 274. 2 CD´s. Columna Música 1CM0271.


Felizmente la actualidad  desmiente con frecuencia aquella idea implícita de que un intérprete español no es la persona más adecuada para abordar determinados repertorios. Tales prejuicios se desvanecen pronto escuchando a pianistas de probada eficacia, como es el caso de Marisa Montiel, que sin dejar de reflejar en ningún momento las maneras estilísticas del compositor polaco, nos ofrece una personal versión de los Nocturnos  meditativa y elegante.

        Recordemos algunos datos sobre este mágico mundo de sorpresas y de poesía que se encierra en los Nocturnos. Los tres primeros pertenecen al opus 9 y fueron escritos entre 1830 y 1832. Están compuestos bajo la influencia de los homónimos de John Field. El cadencioso número uno fue publicado en Londres bajo el título de Murmullos del Sena, lo que enojó mucho a Chopín. El número dos, muy dulce y expresivo, alcanzó pronto una enorme popularidad; una de las piezas más usadas del repertorio pianístico. El número tres  posee una línea melódica  amplia y discursiva, salpicada por inesperados cromatismos, y con una sección central de mayor fuerza dramática. En 1830 también compuso los dos primeros nocturnos el cuaderno opus 15, de estilo más definido y desarrollado. En el número uno de nuevo la grácil serenidad de las partes extremas se ven interrumpidas por una fogosa sección central.

        Del número dos el musicólogo Justo Romero ha escrito: “Quizás ningún otro nocturno resuma tan perfectamente la conjunción sin fisuras entre lo lírico y la ornamentación de procedencia vocal que caracteriza estas páginas breves cargadas de evocación y reminiscencias belcantistas”. El número tres fue compuesto en 1833. Contiene una melodía que deambula lánguida y nostálgica, a la que sigue un coral a la manera de una recogida plegaria. Los dos nocturnos pertenecientes al opus 27 están fechados en 1835 y dedicados a la condesa Appony, esposa del embajador de Austria en París. Chopin tocaba con asiduidad en sus salones. En el inicio del número uno una melodía algo indefinida se torna arrebatada y afirmativa, como una polonesa, que tras un breve pero imponente solo de bajo vuelve a replegarse con delicadeza. Mendelssohn, tras escucharlo por el autor, calificó el número 3 de encantador por su envolvente cantinela y profundo lirismo. Algunos musicólogos han creído notar en los dos nocturnos del opus 32, de 1837, una última mirada de Chopin hacia los de Field, por el modo en que expresan la atmósfera de placidez y por su linealidad melódica. Bien conocido el primero, con su inesperado final, es poco frecuentado el segundo, pese a haber sido citado en Chopiniana,de Alexander Glaunov, y en Les Sylphides, ballet creado con música de Chopin.

        Los dos nocturnos opus 37 fueron compuestos en 1938 y 1939. Por una carta a su editor sabemos que Chopin los concibió como destinados a formar pareja, es decir, a ser interpretados uno detrás del otro. El número uno fue compuesto en Mallorca. Tanto la melodía del andante sostenuto como la del coral que aparece en medio de la pieza tienen un aire muy bachiano, lo cual no es de extrañar porque Chopin admiraba mucho a Bach y a Mallorca sólo llevó partituras de este compositor. Este primer nocturno, que está en sol menor, termina modulando a la tonalidad de sol mayor, que es en la que está escrito el número dos, compuesto en Nohant. Escrito en 6/8, al oírlo es inevitable pensar en una barcarola ligera y desenfadada. En 1841, en plena madurez de su estapa creativa,  aparecen dos nocturnos más, agrupados en el opus 48 y que Chopin estrenó en la Sala Pleyel de París cuatro mess más tarde. Del número uno, la leyenda cuenta que se le ocurrió en la iglesia Saint-Germain-des-Près, en la que entró para refugiarse de una tormenta.

        La bellísima primera parte, constituida por una melodía intimista cercana a la desolación, continúa exponiendo un coral sostenido por amplios acordes de mano izquierda, interrumpido y avivado por unas potentes octavas que van apaciguándose camino de  un final quedo y resignado. Tal vez el portentoso primer nocturno haya eclipsado al segundo. Melancólico y con un intermedio afirmativo, Gastone Belotti ha señalado de su primer motivo que “es la más completa realización de ‘melodía continua’ de todo el ciclo”. Chopin dedicó los Nocturnos de 1843, opus 55, a su alumna y amiga, la acaudalada escocesa Jane Wilhemina Stirling. En el número uno sorprende la cantidad de veces en que se repite el placentero tema inicial. Justo Romero ha escrito al respecto:

 

Esta peculiaridad en el tratamiento temático requiere un intérprete de técnica sofisticada y altas dosis de imaginación expresiva, capaz de colorear de forma variada cada una de las reexposiciones de este reposado motivo

        En la sección central irrumpe un fragmento vehemente de octavas y un segundo tema breve y atormentado, una corta rememoración del principio y una coda que Alfredo Casella calificó como “una disolución sonora de particular belleza y originalidad”. En el magistral número dos una refinada y ensoñadora melodía transita casi sin descanso durante toda la pieza con distintas transformaciones, acompañada por fluctuantes corcheas en 12/8 y una ingenosa segunda voz que responde al canto. Los dos Nocturnos opus 62, de 1846, fueron los últimos en ser publicados en vida de Chopin. Todos los nocturnos citados hasta ahora fueron editados poco después de que el compositor los compusiera, lo que desmiente aquella historiografía romántica que presenta al artista como persona nada interesada en divulgar sus obras.

        En ambos prima la levedad y no el virtuosismo, desprendiendo una profunda atmósfera poética. No obstante, esta aparente sencillez es en cierto modo  engañosa a poco que uno observe sus atrevidas armonías y modulaciones. El Nocturno póstumo opus 72 fue el primero de los que compuso Chopin en torno a 1829 y editado en 1855 por Julián Fontana en un caprichoso álbum de piezas dispares del compositor. Remite al estilo fieldiano de sus comienzos, aunque con un sabor más confidencial y cálido. Lo mismo podríamos decir del Nocturno póstumo en do sostenido menor, escrito en 1829, aunque Chopin nunca lo clasificara como un nocturno. Fue publicado en Poznan en 1876. Se considera un esbozo de su Concierto para piano y orquesta en mi menor, opus 11. Exige una refinada técnida de rubato y un buen uso del pedal.

        Marisa Montiel es catedrática de Historia de la música en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid y una concertista que ha dado recitales en Europa y América. Como he señalado al principio, nos ofrece en este disco una excelente versión de estas obras, basada en la nitidez, en la distinción y en una inspiración que conecta perfectamente con la expresión chopiniana, sensible pero alejada de cualquier edulcorado amaneramiento.

 


Escrito por Joaquim Zueras
Desde España
Fecha de publicación: Julio de 2012
Artículo que vió la luz en la revista nº 23 de Sinfonía Virtual.
ISSN 1886-9505



 

 

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